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Ed. Impresa ESPECIAL | Los problemas entre islamistas radicales y liberales marcan una decepcionante agenda posrevolucionaria en países como Túnez donde la “primavera árabe” se resquebraja

La “Primavera árabe” a punto de ser un “invierno islamista”

Por Al­fre­do Jiménez Pereyra - Los Tiempos - 25/03/2013


Protestas  durante el funeral del opositor tunecino Chokri Belaid, el 8 de febrero. -   Ap Agencia

Protestas durante el funeral del opositor tunecino Chokri Belaid, el 8 de febrero. - Ap Agencia

Al cumplirse dos años de la llamada “primavera árabe”, este movimiento que surgió con ímpetu en Túnez, continúa inconcluso en países como Egipto,    Bahréin, Yemen, Libia, entre otros, pues las revueltas populares no han logrado su objetivo porque el peso islámico sigue siendo fuerte.

El asesinato el 6 de febrero del líder opositor tunecino Chokri Belaid terminó de enterrar la leyenda sobre la modélica “revolución de los jazmines”.

En 2011, el país norteafricano fue el primero en echarse a las calles para protestar contra la dictadura de Zine el Abidine Ben Ali, que llevaba 24 años en el poder, y el 14 de enero de ese año el expresidente salía en un vuelo con rumbo al exilio en Arabia Saudí.

Efecto dominó

Este ejemplo guió en pocas semanas los pasos de egipcios, libios, sirios y yemeníes.

En Libia estalló una guerra civil en la que los opositores recibieron la ayuda de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) contra Muamar al Gadafi, quien fue asesinado por los rebeldes.

Mientras tanto en Siria, el país  se desangra en una guerra civil que lleva más de 70.000 muertos, según los últimos informes de las Naciones Unidas.

A principios de mes, el primer ministro tunecino, Hamadi Jebali, anunció su renuncia después de un fallido esfuerzo para formar un Gobierno tecnócrata con la misión de sacar al país de la crisis política.

Tras el derrocamiento del régimen de Ben Ali, el partido islamista moderado de Al Nahda (renacimiento, en árabe) ganó las elecciones generales y desde entonces ha enfrentado serias dificultades para gobernar en una coalición formada con dos partidos seculares.

La crisis política interna, los problemas en la región y la irrupción de grupos extremistas han hundido sectores como el turismo y el desempleo, uno de los motivos que llevaron al pueblo a rebelarse contra Ben Ali, se sitúa en el 18 por ciento, consigna BBC Mundo.

Los islamistas del partido Al Nahda pasaron de la persecución y el exilio a tener la responsabilidad de gobernar el país tras hacerse con la victoria en las urnas (obtuvieron el 42 por ciento de los votos).

Para calmar a la oposición formaron una coalición con dos partidos laicos, pero los 16 meses de Gobierno no han servido para que este pacto se traduzca en la unión de una sociedad totalmente dividida.

El hasta ahora ministro de Interior, Ali Laridi, líder histórico del movimiento islamista Al   Nahda, fue designado por el presidente, Moncef Marzuki, nuevo primer ministro de Túnez.

Al Nahda, principal fuerza política en la Asamblea Nacional Constituyente, con 89 de los 217 escaños, encabeza la alianza gubernamental en la que también están incluidos el Congreso Por la República (CPR) del presidente, Monsef Marzuki, y el Takatol, del presidente del Parlamento, Mustafa Ben Yafaar.

El nuevo jefe del Ejecutivo, que pasó 17 años en prisión durante la era del dictador Ben Ali (1987-2011), no cuenta con la simpatía de numerosos partidos políticos que, desde hace semanas, pedían su dimisión al frente del Ministerio de Interior.

El dirigente de la plataforma de izquierdas Frente Popular (FP), Ahmed Sadiki, dijo a Efe que la nominación supone un paso atrás.

La posrevolución que vive Túnez está resultando más complicada de lo que los ciudadanos pensaban.

Datos: Agencias e Internet

Protestas secundan Bahréin

La semana pasada, miles de manifestantes antigubernamentales se enfrentaron con las fuerzas de seguridad al conmemorar el segundo aniversario del fallido levantamiento popular dejando como saldo la muerte de un joven de 16 años tras ser alcanzado por un proyectil disparado por un policía.

Los grupos opositores chiíes del Gobierno de Bahréin de mayoría suní, quieren derrocar la monarquía que es respaldada por Occidente, informó El Mundo.

Los chiíes de Bahréin representan un 70 por ciento de los más de 550.000 nativos, pero se quejan de discriminación y dicen que no tienen acceso a cargos importantes en la política ni en el Ejército. Unas 60 personas han muerto en los disturbios.

Algunos grupos activistas señalaron a Associated Press que la cifra de fallecidos es mayor.

Los principales grupos políticos chiíes iniciaron conversaciones a principios de mes con funcionarios del Gobierno y enviados suníes para tratar de mitigar la crisis. Estados Unidos y otros aliados occidentales de Bahréin saludan ese esfuerzo, pero algunas facciones chiíes se oponen al diálogo por considerar que no debilitará el poder de la dinastía suní.

 

“INVIERNO ISLAMISTA” AZOTA A EGIPTO

En Egipto, donde los Hermanos Musulmanes ganaron las elecciones legislativas y obtuvieron en junio la presidencia con Mohamed Mursi, los pactos con sectores laicos han sido imposibles y la oposición ha formado un Frente de Salvación Nacional.

La inestabilidad creciente y los enfrentamientos en las calles de El Cairo han llevado a algunos expertos a hablar de la llegada del “invierno islamista”, subrayando el deseo de parte de la población de una nueva revuelta contra los recién llegados Gobiernos de corte religioso, según Efe.

Aunque ha habido hostilidad durante los dos años posrevolucionarios, el momento de mayor tensión se produjo a finales de 2012, cuando el presidente Mursi impulsó un decreto que le ampliaba los poderes y despojaba a la rama judicial de impugnar sus decisiones. El mes siguiente la Asamblea, dominada por islamistas, aprobó el borrador de una Constitución que restringe la libertad de expresión y fortalece el rol del Islam.

El referendo constitucional se aprobó en medio de violentas protestas de grupos seculares, muchos de ellos eximpulsores de la revolución a favor de la democracia y denuncias de fraude.

Los que enarbolan las banderas negras y lucen máscaras negras son los impulsores de las nuevas manifestaciones egipcias.

Se los conocen como “Black Bloc” (bloque negro). El nombre lo toman de movimientos anarquistas en Europa y EEUU en los años 80 y 90. El término hace referencia a una táctica que se llevaba a cabo en las concentraciones antinucleares y antiglobalización.

 

LA INSEGURA LIBIA

El aviso mortal del 11 de Septiembre de 2012.

Tras la caída de Muamar al Gadafi parecía que la gran amenaza para la nueva Libia era la rebeldía de las milicias que habían combatido al dictador, que no aceptaban su integración en una especie de Ejército nacional e imponían su ley en las calles.

También se encendieron las alarmas sobre la posible división del país por las malas relaciones entre Trípoli y Bengasi, epicentro de la revuelta, pero de momento Libia sigue unida.

La victoria de la Alianza Nacional de Fuerzas (ANF), encabezada por el exprimer ministro Mahmud Jibril, no ha disipado la amenaza del radicalismo.

El ataque contra el consulado de EEUU en Bengasi el 11 de septiembre de 2012, donde murió el embajador estadounidense en Libia, Christopher Stevens y otros tres empleados de la misión diplomática, no deja de preocupar a occidente.

 

Yemen, bajo la sombra de Al Qaeda

Desde que EEUU declarara a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) “amenaza global” el país se ha movido bajo la lupa de Washington, que sigue dando luz verde para que sus aviones no tripulados golpeen a la insurgencia.

Alí Abdulá Saleh abandonó la presidencia hace un año y dejó el puesto a su vicepresidente Abd-Rabbu Mansour Hadi.

Yemen fue el primer país árabe que logró echar del poder a un dirigente tras un proceso de negociación. En este caso, el pacto apadrinado por el Consejo del Golfo (integrado por Arabia Saudí, Kuwait, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Bahrein), y respaldado por EEUU y la Unión Europea hizo posible que Saleh aceptara ceder el poder a cambio de su inmunidad.

Desde entonces el país ha ido dando pasos en el proceso de transición. Con los militares fuera de las calles, el siguiente paso es la celebración de una conferencia de diálogo nacional dentro de un mes, de la que saldrá la nueva Constitución.


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