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Ed. Impresa DEMANDA| Unas 60 mujeres de la Asociación Artesana de Cestería de Chulla, en Vinto, piden que la Gobernación les ayude a contar con un espacio de comercialización para mantener esta tradición

VINTEÑAS MANTIENEN VIVO ARTE DE LA CESTERÍA

Por Violeta Soria - Periodista Invitado - 9/03/2013


Dos artesanas en el municipio de Vinto fabrican manualmente canastas para comercializarlas en los mercados locales. La actividad productiva  forma parte de las tradiciones de esa zona del valle bajo. Sin embargo, las fabricantes reclaman que la falta de m - José Rocha Los Tiempos

Dos artesanas en el municipio de Vinto fabrican manualmente canastas para comercializarlas en los mercados locales. La actividad productiva forma parte de las tradiciones de esa zona del valle bajo. Sin embargo, las fabricantes reclaman que la falta de m - José Rocha Los Tiempos

“La cestería es una tradición trasmitida desde nuestros abuelos”, contó una de las pocas artesanas que aún se dedicada a la fabricación de canastas en Chulla (Vinto), Elizabeth Orellana, mientras tejía una “balaya” o canasta de cañahueca, segura que de esta manera contribuye a que esta actividad no desaparezca.

Cañahuecas, bambú, cuchillos afilados, paciencia, técnica y manos de mujer, son sólo algunos de los instrumentos que se necesitan para producir una variedad de canastas, además de sombreros y adornos.

Las productoras dedicadas a este oficio, considerado exclusivo para manos femeninas, están organizadas en la Asociación de Mujeres Artesanas en Cestería de Chulla. Expresaron que actualmente afrontan una serie de problemas para promocionar y  mantener su arte.

 “Se está perdiendo la tradición de los abuelos, pero no vamos a dejar que se pierda”, aseguró la líder de la Asociación, Jhaneth Orozco. Contó que la tercera generación de cesteras lucha a diario por promocionar las canastas en las ferias y mercados.

Las tejedoras congregadas en la Asociación de Chulla manifestaron que todos los sábados vienen a la ciudad para  vender sus canastas.

Salen de madrugada y ambulan por los centros de abasto, ofreciendo las canatas típicas del valle y otras decorativas. Están convencidas que si la Gobernación o su Alcaldía las ayudan, a tener puestos de venta fijos y tinglados para conservar las cañahuecas, la tradición se fortalecerá.

Cada tejedora elabora entre 20 y 30 “balayas” por día en un promedio de 15 minutos. Sus ingresos llegan hasta 150 bolivianos por feria y 600 al mes, dijo Orozco, después de afirmar que el oficio permitió a muchas mujeres solventar a sus familias.

“Para algunas es una vergüenza, pero para mí es una bendición de Dios, porque yo  he criado con esto a mis hijos, mi marido murió hace 15 años” y yo saqué así adelante a mi familia, contó Orellana.

La perdida progresiva de la cañahueca, materia prima de la cestería, se constituye en otro de los problemas que enfrentan  las mujeres artesanas.

El aumento de las urbanizaciones en las zonas agrarias del valle bajo eliminó de raíz la producción de cañahuecas.

La dirigente de la organización explicó que las  tejedoras “sufren para conseguir la caña”, razón por la cual recorren grandes distancias a  orillas de los ríos en busca del material, ayudadas por sus hijos.



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