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Todos los hombres del presidente Morales

Por Redacción Central - Los Tiempos - 1/09/2006


Encerrado en la burbuja de su propia obstinación y ebrio de soberbia desdeña a instituciones terrenas y celestiales mientras reafirma su decisión de relevar a los poderes constituidos y "borrar toda la historia" anterior a su llegada al poder, ambiciosa pretensión de revolución moral para un Presidente cuyo gabinete se ha convertido en un sínodo de fariseos

Cualquier perspectiva de un cambio histórico que Bolivia haya depositado en las Elecciones Generales de 2005, ha sido demolida por las deformes criaturas del oficialismo: El autoritarismo y la corrupción. A ocho meses de un relevo electoral, promocionado por el marketing oficialista como "el hito de una ruptura histórica", los guardianes del nuevo orden revelan poseer la misma naturaleza predatoria y los mismos hábitos proscritos de la clase política tradicional.

Los viejos apetitos afloran en el partido del presidente Morales con insólita avidez. Jadeantes las fauces y embriagados por el olor del poder, sus más insignes lugartenientes se abandonan a los más cortesanos excesos, hacen abuso desfachatado de su posición, disponen discrecionalmente del patrimonio estatal y violan sin pudor el voto de fe recibido el 18 de diciembre. Evo llegó al poder predicando un evangelio de humildad, patriotismo y honradez que ni él ni sus apóstoles comparten ya.

Versa sabio un adagio que la libertad no sólo se nos arrebata por la fuerza, también solemos perderla en medio del estruendo de un aplauso y mientras en marzo Bolivia aun celebraba la vehemencia con que el electo gobierno se estrellaba contra los resabios del viejo orden, en agosto se sorprendió vitoreando la conculcación de sus propias libertades.

De no haberse autocensurado por el temor a una nueva frustración, el país hubiese percibido temprano los atisbos de autoritarismo oficialista en los exabruptos del Ministro de Relaciones Exteriores y aunque la apología cocacentrista de Choquehuanca fue criticada, ella revelaba una ingenuidad que de principio inspiró hilaridad. Pero la mofa se transformó rápidamente en pavor público conforme los lapsus linguis del Canciller degeneraron en la verborrea agresiva y delirante del inquisitorial Ministro de Educación.

Así, del inofensivo delirio de la leche de coca el oficialismo pasó a la paranoia de la abolición de la religión en las escuelas y Bolivia, un país profundamente cristiano, vio que al gobierno le bastaron seis meses para proscribir la fe católica y poner bajo sitio a la religión oficial.

Pero si la vorágine autoritarista que desató el "partido del cambio" fue una sorpresa, los síntomas de corrupción fueron sin duda inesperados. La revelación de dos veteranos fundadores del MAS, los senadores Antonio Peredo y Santos Ramírez, patrocinando a un funcionario del oficialismo, detenido tratando de sacar cocaína a España, sólo fue opacada por el sonado escándalo de negociado y tráfico de influencias en YPFB, que involucró a otras dos vacas sagradas del MAS: el oscuro Jorge Alvarado y el vehemente Manuel Morales Dávila. La evidencia de corrupción tardó lo que le tomó al probo Ministro de Hidrocarburos Andrés Solíz hacer público el resultado de la auditoría a Iberoamericana Trading y ser victimado en el Senado por una oposición carente de ubicación política, casi el mismo tiempo que le tomó al presidente Morales victimar al Superintendente de Hidrocarburos, Jaime Ortiz para tratar de justificar a Alvarado contra su propio decreto y contra los principios de la nacionalización.

Pero el abuso del poder tiene también ángulos irónicos: la napoleónica deferencia consigo mismo de un Evo Morales que decreta su casa natal como "Patrimonio Histórico de Bolivia"; la solapada conspiración de grupos irregulares que tienen de virtuales rehenes a los constituyentes en Sucre y desconocen a los prefectos constitucionales en Cochabamba y La Paz; la grosera pretensión de cerrar las superintendencias para encubrir los negociados del clan Alvarado-Morales Dávila; y -sobre todo- el audaz despido del Superintendente de Hidrocarburos, tras la renuncia de Alvarado; todo es parte de esa salvaje metamorfosis que de a poco convierte al oficialismo en una jauría dispuesta a engullir a dentelladas los despojos de quince años de neoliberalismo. Paradójicamente, el presidente Morales desdeña toda evidencia de corrupción y defiende a muerte a sus senescales, mientras asegura estar investido de un mandato popular y una moral política que, de proponérselo, le darían la autoridad para rehacer toda la creación. Encerrado en la burbuja de su propia obstinación y ebrio de soberbia desdeña a instituciones terrenas y celestiales mientras reafirma su decisión de relevar a los poderes constituidos y "borrar toda la historia" anterior a su llegada al poder, ambiciosa pretensión de revolución moral para un Presidente cuyo gabinete se ha convertido en un sínodo de fariseos y cuyo partido pretende ser el Santo Oficio cuando sus prelados difícilmente serían capaces de sobrevivir a su propio Auto de fe.


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