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El mito del Chapare y el ecocidio de la "machucoca"

Por Redacción Central - Los Tiempos - 21/11/2006


En Carrasco se ha dejado de lado la erradicación de cocales para dar paso a la erradicación de un capítulo políticamente inconveniente de la historia indígena de América. Los activistas defensores de la cultura, la ecología y el patrimonio andino corren contra reloj

Una ambivalencia eficaz aunque carente por completo de escrúpulos demostró el gobierno del Movimiento al Socialismo al haber empleado el viejo ardid griego del falso repliegue para bajarle la guardia al movimiento cocalero de Yungas de Vandiola y perpetrar a traición la destrucción de los cocales más antiguos de América en el afán de perpetuar el mito cocalero del Chapare.

En septiembre Evo transó con EEUU erradicar coca tradicional a cambio de una extensión del ATPDA y en octubre intentó demostrar al nuevo virrey de George W. Bush la determinación de su obsecuencia, imponiendo la erradicación con plomo y propaganda en Carrasco. No obstante, a principios de noviembre la derrota del gobierno era inminente y el MAS tuvo que emplear toda su habilidad para ajustarse a las coyunturas.

Para cuando el mundo tomó conciencia de lo que en realidad sucedía y asumió una posición de repudio a las acciones del gobierno boliviano, este había desmovilizado ya a la opinión pública nacional e internacional con un compromiso de rectificación y resarcimiento.

El documento se resumía en una aceptación de culpa absolutamente carente de convicción pero suficientemente convincente para levantar la huelga cocalera y el bloqueo de caminos en Cochabamba, dándole tiempo a la Fuerza de Tarea Conjunta para reorientar su objetivo estratégico - hasta entonces había sido la coca nueva -, e iniciar la devastación del centenario bosque de coca del Machuyungas.

Este actuar inclemente de Evo Morales y las Seis Federaciones del Trópico no encaja en el patrón de ese movimiento cocalero idealizado hasta lo épico por la literatura neoindigenista. Más bien se corresponde con el proceder de una elite política en proceso de consolidación; una burguesía emergida de la economía de la coca excedentaria que percibió en la existencia de los arcanos cocales de Yungas de Vandiola una mortal amenaza para su mito fundacional.

Pese a ello, el ecocidio de los históricos cocales no fue de inicio el objetivo de la acción gubernamental. Por el contrario, la tragedia de Yungas de Vandiola tiene que ver con una suma casual de incidentes tales como la violencia excesiva e innecesaria con que operó el ejército en su primera intervención en Icuna o la inesperada capacidad de movilización demostrada por las subcentrales yungueñas, una comunidad que casi carecía de cultura sindical como resultado del aislamiento e incomunicación. Ambos incidentes detonaron el redescubrimiento de una nutrida historiografía sobre la actividad cocalera en la zona, que empieza con las crónicas del naturalista Alcides D"orbigny, pasando por la reseña de Fanor Meruvia, y hasta terminar en las pesquisas documentales de Mario Argandoña Yánez y la historiadora Silvia Rivera Cusicanqui.

En honor a la verdad, en principio el gobierno sólo trataba de ofrecer un holocausto de unos cientos de hectáreas de coca no chapareña para aplacar a los dueños del ATPDA, pero la reacción suscitada tras las muertes de Icuna le reveló al gobierno del MAS que la genealogía de la coca de Carrasco representaba una amenaza mayor de lo imaginada. Toda la mística y la épica del sindicalismo cocalero de Chapare, objetos de un exhaustivo marketing mediático, giran en torno al mito de que la Meca de la coca está en el trópico de Cochabamba; un mito que se derrumbaría si la historia oficial establece que los árboles de coca de los yungas de Pocona y Totora tienen un antigüedad de siglos.

Para un sindicalismo cocalero consolidado como la nueva clase política gobernante del país, haber sido por dos décadas el destino geográfico de miles de dólares de la cooperación internacional y haber recibido el beneficio de la duda respecto al mercado de destino de la coca del trópico ha dependido de ostentar el título simbólico de capital de la coca; una presunción que no tendría razón de ser, de comprobarse que en Yungas de Vandiola existe coca tan antigua como el mismo mundo andino.

Pero el gobierno manejó el tema con habilidad. Con mayor oficio en la pulseta mediática Evo Morales se impuso y logró preservar el mito del Chapare. En el tiempo que toma leer estas líneas cayó otro anciano tronco de coca bajo la sierra de la erradicación selectiva y quince troncas de coca más cayeron en el tiempo que tomo escribirlo.

Cabe preguntar cuántos cocales quedarán aun en pié para cuando las instituciones de defensa del patrimonio histórico y la biodiversidad hagan presencia efectiva en Bolivia.

Al gobierno le queda claro que preservar el mito del "Chapare Edén de la coca" impone - paradójicamente - el ecocidio de la "machucoca" (coca anciana, en quechua). Es una decisión que tendrá elevado costo histórico para Bolivia, mientras que para el MAS representa apenas un costo político aceptable y en Palacio Quemado tomó más tiempo llegar a esta conclusión que dar la orden de arrasar con la evidencia física de centurias de historia.

En Carrasco se ha dejado de lado la erradicación de cocales para dar paso a la erradicación de un capítulo políticamente inconveniente de la historia indígena de América. Los activistas defensores de la cultura, la ecología y el patrimonio andino corren contra reloj.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.


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