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Desarrollo, tecnología y pobreza

Por Redacción Central - Los Tiempos - 31/01/2007


Si el objetivo de lo que entendemos por "crecimiento" o "desarrollo" es alcanzar la capacidad de consumo de los norteamericanos o de los europeos, estamos lucidos, porque ni dentro de un siglo conseguiremos los niveles que ellos tenían hace otro siglo

La lucha contra la pobreza no es sólo estandarte de moros y cristianos en toda campaña electoral, sino el "leitmotiv" de la política contemporánea; pero no importaría mucho que fuera sólo una bandera demagógica si no nos hubieran convencido de una falacia: que el gran remedio es el desarrollo. Lo peor es que el desarrollo tiene una sola cara: la que nos muestran los organismos internacionales de crédito, con parámetros como el Producto Nacional Bruto y el Ingreso Per Cápita, que pueden ser maravillosos en los papeles y desastrosos en la realidad.

El desarrollo económico es uno de los grandes fetiches contemporáneos. Se ha convertido en un credo universal, sin distinción de ideologías, razas ni nacionalidades; y se asocia a las ideas de inversión y libre mercado que, se supone, han hecho la prosperidad del "Primer Mundo". Pero esa abundancia que envidiamos y perseguimos es cuantitativa, no cualitativa ni evolutiva; y no se debe a la magia del liberalismo ni armoniza los intereses privados con el bienestar general como afirman Adam Smith y sus seguidores. Se debe a la tecnología, que ha hecho del mundo un inmenso mercado de productos superfluos y peligrosos, sin resolver problemas básicos como el hambre, los desastres naturales o las epidemias. Los pueblos "desarrollados", indigestados con tecnología, han caído en su propia trampa: la contaminación resultante del consumo psicológico, ostentoso e inútil.

La tecnología es un caníbal que crece con ritmo cada vez más acelerado porque se alimenta de sí misma; pero no garantiza estabilidad, provoca grandes altibajos en la producción y el crecimiento automático deviene en "estanflación" (estancamiento con inflación). En los países industrializados hay un creciente desempleo y, correlativas a un desarrollo sin progreso son las pronunciadas desigualdades sociales, la creciente criminalidad, el consumo habitual de drogas, la prostitución, el "stress", las neurosis, y otras secuelas que antes se consideraban subproductos de la pobreza. No es una casualidad que Estados Unidos defienda su liberalismo incurriendo en frecuentes herejías a su propio credo: proteccionismo e intervención estatal.

El desarrollo económico se mide con parámetros cuestionables y manipulables que reflejan por lo general la prosperidad de un puñado de privilegiados y ocultan la miseria general. Una reducida parte de la humanidad vive derrochando y tres cuartas partes viven en tierras ricas en recursos naturales que no pueden aprovechar en beneficio propio, aunque las necesidades materiales del hombre son finitas y para satisfacerlas no hacen falta grandes complejos industriales. Los pueblos pobres necesitan pan, techo, salud y educación, cosas que no se logran con estadísticas amañadas, con inversiones extranjeras, ni achicando el Estado o creando desempleo para garantizar el pago de la deuda externa y merecer nuevos préstamos.

Tarde o temprano todo crecimiento llega a un punto decisivo de saturación y algún día será imprescindible frenarlo; pero quizá sea mejor evitarlo ahora, comprendiendo que nuestra mayor riqueza está en una vida sencilla y en una sana naturaleza. Si el objetivo de lo que entendemos por "crecimiento" o "desarrollo" es alcanzar la capacidad de consumo de los norteamericanos o de los europeos, estamos lucidos, porque ni dentro de un siglo conseguiremos los niveles que ellos tenían hace otro siglo.

Queremos ser copias de gringos o gringos de segunda; pero, ¿qué haríamos con ingresos per cápita similares, sino añadir sus vicios a nuestra pobreza?


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