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Liturgia teocrática, ideología nihilista

Por Redacción Central - Los Tiempos - 2/06/2007


¿Puede existir un nihilismo de corte teocrático? Sin duda es un auténtico oxímoron, con notables méritos para formar parte de los grandes opuestos del lenguaje. Pareciera que la exaltación hasta el paroxismo de la trascendencia espiritual, no puede desembocar en la nada absoluta, como si intentáramos juntar a Santa Teresa de Jesús y a Nietzsche, y pretendiéramos no hundirnos en el intento. El filósofo alemán gustaba de decir que vivía en el abismo permanente y, en cambio, los grandes místicos, aseguran vivir en la plenitud. ¿Es, quizá, la plenitud espiritual otra forma de abismo? Sea como sea, no parecería fácil juntar ambas construcciones mentales si no fuera porque, por encima de la filosofía está la realidad, y ésta siempre supera las expectativas. Hoy, el fenómeno ideológico más serio, más trágico, más peligroso y, sin duda, más letal que actúa en el mundo, ha encontrado la fórmula para sumar el amor a Dios con el amor a la nada, y desde la nada, considerar que la vida no tiene otro valor que el valor de quitarla. Los guerreros del islamismo yihadista, entrenados en una cultura de odio y muerte, son nihilistas de manual, auténticas encarnaciones del vacío absoluto y, sin embargo, su lenguaje, su liturgia, su escenificación es, toda ella, religiosa. En cierto sentido son los antihéroes del hombre que buscaba Albert Camus en Les justes, no dudan como dudaba su personaje Kaliayev, sino, cual émulos de Stepan, matan y mueren sin ninguna fractura interior. Sin ninguna pregunta. Sin alma. Por supuesto, se trata de una socialización de la muerte como paradigma, y solo desde esa socialización, se puede entender la esencia del fenómeno y se puede calibrar su enorme dimensión.

Estos últimos meses, algunos colegas, que hasta ahora habían considerado que gentes como quien escribe, interesadas por el yihadismo islámico desde hace años, éramos unos demagogos, o unos alarmistas sin fundamento, o quizás directamente agentes infiltrados del Mossad -como esos vendedores de santos de Olot, que Pere Calders aseguraba que eran espías japoneses-, estos notables colegas acaban de ver la luz y descubrir la amenaza. Y cual setas después de la lluvia, aparecen bajo los árboles y llenan los micrófonos de sesudas explicaciones que, por dar, consiguen dar todas las respuestas que algunos llevamos años buscando. A problemas complejos, soluciones simples, dice el catecismo del buen populista, y debe ser un catecismo muy leído en las cátedras universitarias. Porque si el yihadismo se explicara con los argumentos que he oído estos días hasta la saciedad, especialmente en boca de los intelectuales orgánicos de la progresía, la cosa sería de reírse, mientras lloramos de pena. De entrada, y como era de esperar, parece que el terrorismo islámico no es más que una reacción violenta al imperialismo yanqui, que por supuesto es el responsable de todos los males que acechan al mundo islámico. Al mismo tiempo, el islam no es culpable de nada, más que de sufrir durante décadas y finalmente sublevarse. Todo el enfoque perverso nace de Occidente, y todo el victimismo paternalista se aplica a Oriente, con la clásica mirada buenista hacia el tercer mundo de Quico el progre. Proyectada la mirada maniquea, el planeta se divide entre las responsabilidades americanas, la dejación europea, que vive sin vivir en ella, y los pobres países del islam. Por supuesto, se explica el fenómeno en términos de pobreza, marginación y desesperación. Así cuadran los suicidas del Hamás palestino, los adolescentes entrenados en los campos de Hezbolah, los degolladores de personas iraquíes y hasta los suicidas que aparecen por el sudeste asiático. Se trata de dibujar piezas tópicas para organizar un rompecabezas que no rompa ninguno de los esquemas de la corrección política. Bien. Como una está para incordiar, y tiene la manía de analizar la cuestión desde hace décadas, me permitiré algunos matices sensiblemente correctores del dogma progre sobre el yihadismo. Primero, el fenómeno, como ideología de masas en su versión moderna, nace en la década de 1920 en la Universidad de El Cairo, cuando ni existía Israel, ni Estados Unidos pintaba nada. Los grandes ideólogos fueron condenados a muerte muy pronto, pero sus seguidores, egipcios y sirios en su mayoría, se repartieron por Europa y fueron acogidos por lindos países como Suiza e Inglaterra, que veían en ellos una clara oposición a los regímenes de corte soviético. Muy pronto recibieron decenas de millones de dólares de Emiratos y Arabia, y su actividad, su logística, sus centros de estudios, sus míticas y toda la parafernalia del fundamentalismo islámico creció con extraordinaria rapidez, por todo el ámbito musulmán. Cuando, en 2001, a raíz del 11-S, se cortaron de cuajo los fondos que financiaban desde Europa el fenómeno, los bancos islámicos implicados llevaban décadas de actividad. No hay espacio en este artículo, para recordar lo que significó la guerra fría, pero no se puede explicar el fundamentalismo islámico sin hablar de la Unión Soviética. O sin hablar del terrorismo iraní, que mató a decenas de personas en Argentina. O sin hablar del papel de las dictaduras del petrodólar, activas en la financiación de una mirada integrista del islam. Cuando, en Palestina, empezaron a adoctrinar niños para la muerte, en campos de colonias financiados por Irán y, en su momento, Irak, nadie quiso ver el fenómeno como lo que era: la derivada palestina del nihilismo integrista, un nihilismo que superaba la idea de un Estado palestino, para abrazar directamente la república islámica. Y tuvimos Bali, Beslam, Kenia, Turquía, centenares de muertos hasta llegar al primer atentado en Europa, Madrid, 11-M. Por el camino, Bush cometió el grave error de perpetrar una guerra inútil. Pero para llegar a Atocha, el fenómeno había atravesado mares y se había mundializado. En resumen acelerado: no es una ideología de pobres, sino profusamente financiada. No es una ideología de marginados, aunque use la marginación como munición. No es una ideología liberadora, sino todo lo contrario: su objetivo es el dominio integral del ser humano. No pretende libertar pueblos, sino crear una única Umma musulmana. Y, aunque sea difícil de digerir, no nace de la maldad americana, sino mucho antes, de una mirada regresiva, medieval y furibundamente antilibertaria del propio islam. Usa los errores de Occidente, pero nace de sus propios monstruos. Todo ello, y más, interactúa en el fenómeno, y sin entender la complejidad de décadas, lo único que conseguiremos serán algunas paridas mentales, de esas que quedan tan bien en las tertulias progres, simpáticas, políticamente correctas y totalmente inútiles.


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