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Evitando las crisis energéticas

Por Redacción Central - Los Tiempos - 16/02/2008


Dice un sabio adagio energético popular: "No hay energía más costosa que aquella que no se dispone". Incuestionable, en virtud de los efectos que el desabastecimiento energético (crisis) causa en lo político, social y económico. Sin acceso seguro a la energía es básicamente imposible desarrollar políticas alimentarias, de salud, educación y otras áreas que contribuyen al bienestar social del ser humano.

Sin un acceso a energía continua y eficiente, es también básicamente imposible lograr competitividad y por ende desarrollo económico, que es fundamental para la prosperidad social. Por lo expuesto, la seguridad de abastecimiento se hace muy indispensable en un mundo cada vez más dinámico y globalizado.

Desafortunadamente, en los últimos doce meses, es muy fácil poder contabilizar y registrar que por lo menos 14 países en América Latina y el Caribe, de una u otra manera, han incorporado en algún tipo de crisis energética (desabastecimiento). Las causas de las crisis energéticas son muy diversas y particulares a cada país o subregión.

Hay crisis energéticas que son ineludibles, como por ejemplo las causadas por efectos de la naturaleza en contra de infraestructura de producción, transporte y/o comercialización. A estas no nos referiremos.

Una de las principales causas para que se gesten las crisis energéticas en Latinoamérica es el alejamiento de las políticas energéticas de lo que es el mercado y la oferta y demanda. Es decir, una exagerada intervención estatal en el mercado de los energéticos. Cuando se da la señal económica incorrecta, estamos claramente invocando hacia delante a una crisis energética. Desafortunadamente, la gran mayoría de las veces, se toman estas medidas alejadas de lo económico, solo para obtener réditos políticos de corto plazo, pero que en el largo plazo se vuelven un boomerang con las crisis que nos golpean de regreso.

Una práctica común de intervencionismo y causa de crisis en el sector energético Latinoamericano, es el obsesivo subsidio. El subsidio debe ser asistencialista a un determinado sector (focalizada) y debe tratar de ser del más corto plazo posible, caso contrario se hace costumbre y se eterniza. Como alegoría manifestaremos que gran parte de Latinoamérica subsidia o tiende inclinación a subsidiar los energéticos y los países desarrollados lo hacen con sus productos agrícolas. La diferencia es que los últimos son ricos y pueden hacerlo y los primeros no, y cuando lo hacen prolongadamente, generalmente culminan en severas crisis energéticas.

Si no hay señal económica adecuada, el sector privado ni se aproximara y por ende no habrá inversión de este sector. Al no dar señal clara y requerir inversión, otra práctica común en Latinoamérica es forzar a las empresas estatales de energía a realizar inversiones sin un adecuado retorno. Si no hay retorno, no hay sostenibilidad empresarial. Al forzar a las empresa estatales a inversiones sin acceso a retorno, las estamos lentamente aniquilando, generando crisis futuras y muy probablemente no habrá más remedio que privatizarlas más adelante, y lo que es peor a precio de gallina muerta.

Un marco regulatorio claro, de largo plazo y algo flexible (para etapas de altos o bajos precios por ejemplo) apoyado sobre costos económicos de los energéticos y el mercado es lo que requiere el inversionista, sea este publico o privado.

Este marco regulatorio, empero, debe necesariamente estar acompañado de dos condiciones que consideramos esenciales. Una coherente y estudiada planificación energética, en base a costos. El mercado, por si solo es sujeto de abusos y de su manipulación. Muy en particular en América Latina donde la relación y numero de demandantes y oferentes no es suficiente para generar genuina competencia.

Una adecuada planificación energética de corto, mediano y largo plazo, sustentada sobre estadísticas serias y confiables, estudios de oferta y demanda periódicos y planificación con inversiones económicas, son sin duda el camino a seguir.

Si el sector privado se resiste a invertir bajo un esquema de rentabilidad económica razonable, determinado con la planificación realizada, las empresas estatales muy bien pueden hacerlo sin dejar de ser sostenibles. Estas empresas, en cierta manera pueden jugar a manera de regulador a esa falta de competencia que se da en nuestros mercados y a la práctica de exigencia que en algunos casos ha mostrado el sector privado (si no me das esto me voy).

Finalmente, el último ingrediente para espantar las temidas crisis, viene relacionado a la eficiencia energética. No solo debemos preocuparnos de garantizar el suministro a cualquier costo. Es más inteligente y sabio el manejar la demanda. Los escenarios mundiales nos muestran que es posible reducir la demanda de 40 a 45% solo por efectos tecnológicos.

Estudios varios demuestran que adicionalmente se puede generar ahorros entre 10 a 15% por una conciencia en el uso racional e inteligente de la energía. Es decir, evitar el desperdicio de energía, que consecuentemente trae una serie de beneficios económicos, sociales y ambientales y que no necesariamente tienen que ver con un mayor desarrollo tecnológico.

En síntesis, un mayor apego los costos económicos de los energéticos y el mercado, una adecuada planificación energética, una combinación de empresas privadas con empresas estatales eficientes y competitivas, sumadas a un buen manejo de la eficiencia energética, son sin duda una buena combinación para asegurar el abastecimiento energético en varios países de la región y en las distintas subregiones.

El autor fue Secretario ejecutivo de la OLADE y Ministro de Hidrocarburos de Bolivia.


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