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¿Quiénes son los servidores públicos?

Por Peña Cazas Waldo - Columnista - 13/03/2009


Quizá todo es posible exista en este insólito mundo algún romántico incurable que busque el poder platónicamente, sin lujuria ni codicia; pero nuestros constantes desengaños y frustraciones demuestran que en la lucha política no hay lugar para quijotismos ni sensiblerías. Los hombres públicos, sin excepción, hablan de espíritu de servicio, de combatir la corrupción y la pobreza, de defender los intereses populares, de una nueva forma de hacer política, de la necesidad de cambiar un insostenible estado de cosas, etc. Lindas palabras; pero la realidad es muy fea.

Quizá todo es posible, repito algunos se sienten honestamente predestinados a pasar a la historia como grandes estadistas, prefectos, alcaldes o por lo menos como buenos concejales; y es también lógico que en tiempos de crisis y desempleo muchos ciudadanos procuren asegurarse un puestito bien rentado en la burocracia estatal; pero, en todas las elecciones, los candidatos son más bien ciudadanos gordos, prósperos y felices que no necesitan trabajar para vivir y que serían más útiles rascándose la panza que arruinando al país. ¿Está de veras un empresario ricachón dispuesto a descuidar sus negocios dedicando su tiempo al "servicio" de la sociedad?

Todos, grandes y chicos, ganadores y perdedores, gastan mucho dinero, propio o ajeno, unos más que otros; y sufren fatigas, contratiempos, humillaciones, insultos, e inclusive peligros, en campañas extenuantes que obligan a besar guaguas ajenas, a estrechar manos sucias, a adular a todo el mundo y a sonreír todo el tiempo, aun teniendo dolor de barriga. ¿Qué esperan recibir en cambio? ¿Sólo satisfacción y honores? Si ellos no están locos, lo estoy yo.

La historia de la humanidad está llena de profetas, ideólogos, reformadores, salvadores o emisarios de Dios que confunden la virtud con el poder, que intentan imponer su verdad sin ningún escrúpulo, y que dejan de ganarse el pan como una persona normal. Los hay de todo tamaño y jaez, y son bichos de todo clima, como las moscas y los ratones: desde Robespierre o Stalin hasta tiranuelos de aldea o de barrio. Son individuos que aprovechan los desajustes sociales para medrar en nombre de la libertad, de la justicia, del patriotismo o de cualquier majadería. Se morirían de hambre si imperaran la equidad y la justicia.

Un individuo normal, consciente de sus posibilidades y de sus limitaciones, busca mejorarse como persona para defenderse en una sociedad injusta y a menudo hostil; pero el instinto de competencia parece ser incontrolable en el hombre, como el hambre o el sexo, y sería inútil considerar el problema en términos morales. Siempre habrá individuos dispuestos a cometer crímenes y canalladas para saciar su insatisfacción con el ejercicio abusivo del poder, único goce capaz de brindarles orgasmos.

El poder es muy peligroso, aún siendo legítimo, y algún freno habrá que poner a los "servidores públicos" profesionales. Frente al poder, el pueblo está siempre en un declive resbaladizo: si acepta calladamente un abuso, convalida el despotismo; y si permite la impunidad favorece la corrupción. ¿Por qué nos quejamos si elegimos y reelegimos a ineptos y bribones conocidos?

Las personas y los pueblos son felices o infelices en la medida en que son capaces de resolver sus problemas; pero aquí agravamos los nuestros porque predomina una lógica estúpida: ya que todos roban, elegimos al ladrón experto en exhibir obras que entran por los ojos. "Roba pero hace", o sea que les damos la mano y nos toman el codo. Entonces, quejémonos al diablo.


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