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Ser miembro o miembra

Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 9/05/2009


La anterior semana irrumpí por equivocación en una amable tertulia de mujeres profesionales que discutían la perspectiva de género en la Constitución. Varias de ellas eran amigas mías y por eso me invitaron a participar. Pero ¿en calidad de qué iba a hacerlo en un entorno bello y minuciosamente femenino? Eso les pregunté y dijeron que no importaba. Como soy consciente de que jamás pude con más de una mujer, me retiré y quedó para la próxima la posibilidad de que me nombraran “miembro honorario” de su comité femenino.


No es la primera vez que me ocurre esto, pues en el pasado las cosas se me complicaron aún más. Cierta vez me visitaron en La Paz los “miembros” de una organización cuyas siglas eran GLS. Pregunté por su significado y me dijeron que era Gays, Lesbianas y Simpatizantes. Me pedían colaboración oficial para una reunión nacional. Les dije que no había un puto duro en el presupuesto, pero desembolsé algunos pocos cientos de contribución personal para que por lo menos imprimieran un afiche.

Me propusieron entonces que ingresara al GLS y claro, les pregunté en calidad de qué: ¿de gay, de lesbiana, de simpatizante? Me propusieron como simpatizante, pero les dije: ¿Y qué tal si ingreso únicamente en calidad de miembro? Sonó a chiste y reímos en una carcajada compartida entre varios géneros y subgéneros.


Hace algún tiempo, una diputada española se presentó a las Cortes e inició su perorata con una verdadera innovación. Dijo: Queridos miembros y miembras. Los puristas le criticaron, como critican a quienes dicen médica, abogada, jueza o cirujana. Pero cuánta verdad encerraba su perspectiva de género, pues todavía hoy encontramos mujeres profesionales que ellas mismas escriben en sus tarjetas de visita y en sus plaquetas: Ana María, médico; o Lucía, abogado; o Mónica, juez; o Angustias, cirujano. ¿Cómo vamos a conseguir la igualdad de género si no comenzamos por el lenguaje?


En Chile ha sido el pueblo el que ha dado la pauta al decir “médica” sin reservas. Mi madre rezaba continuamente a Santa Rita de Casia, abogada de imposibles. Tengo condiscípulas que ostentan con orgullo su condición de juezas, y amigas doctoritas que me encantaría que me operen, que se consideran cirujanas. Pero conozco también muchas mujeres abogados, jueces, médicos o cirujanos.


De modo que, queridas miembras, sería bueno oírlas ostentar su condición femenina sin necesidad de nombrar “miembros honorarios” y en cuanto rincón del lenguaje haya sido colonizado por el machismo. Felizmente ahora se acostumbra decir: ciudadanos y ciudadanas, mujeres y hombres, damas y caballeros, anteponiendo siempre la augusta condición femenina que nos hace rendirnos a sus pies.


Los machos son como ese dicho egoísta que dice: Yo soy como Orozco, cuando como no conozco. En cambio las mujeres son como ese versito de Manuel Monroy en “a”: La Cantata a la Mala Pata, que se canta en Fa and La, vas a cachar, vas a cachar… Sin embargo tengo una objeción postrera: si puede decirse miembra, ¿no sonará a polla?

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