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¿Golpe en Honduras?
Por J. Lizandro Coca Olmos - Columnista - 1/07/2009
Llueven las condenas contra la sucesión forzada en Honduras, pero este mundillo se ha vuelto tan hipócrita, que para solidarizarnos con Manuel Zelaya, protestamos, codo a codo, con la dinastía de los Castro, quienes han hecho gala de ser gobernantes de facto por décadas, y que últimamente han recibido la gran noticia de que la supresión de libertades y derechos individuales ya no es motivo de castigos en la OEA. Es más, resulta que ahora todos debemos disculparnos por haber apoyado la expulsión de Cuba —un país sin pluralismo político, sin libertad de expresión, sin democracia, sin propiedad privada, sin libertad de emprendimiento, en fin, una isla prisión— de un organismo internacional que defendía todos esos derechos, principios y mecanismos que a la isla le faltan, cuando la OEA aún los defendía.
Me veo obligado a desaprender todo lo que aprecié de mis clases de Derecho internacional y Procesos de Integración. Se suponía que los países se organizaban y aceptaban pertenecer a estas organizaciones, no para proteger a los gobiernos, sino a los ciudadanos. Pero parece que lo mío, y lo de mis docentes, pobres de nosotros, no eran más que delirios festivos de que nunca más los individuos sufriríamos por las miserias de la arbitrariedad de los gobernantes. Ahora resulta que un Zelaya, un Chávez, o un Morales, por haber sido elegidos a través de mecanismos democráticos, tienen toda la libertad de hacer cuanto les plazca, violar sus constituciones y leyes, e ignorar las decisiones de los otros poderes e instituciones estatales. Que la democracia se haya convertido en un mecanismo para elegir a quién le toca ser el verdugo del pueblo, de quién es el turno de mandar por encima de toda ley, y de proclamar como Luis XIV “el Estado soy yo”, hace que no sea mejor que la monarquía o cualquier triste dictadura.
Estamos perdidos, hemos olvidado, si es que alguna vez lo supimos, que el sistema democrático no fue diseñado para elegir mandones, sino para designar ciudadanos que se encargasen de que se cumplan las leyes, y con ellas, se respeten nuestras libertades y derechos. En lugar de que la democracia sea un medio para evitar el abuso de poder de los gobiernos, y para garantizar que se deje en paz a los ciudadanos, hemos hecho que ésta sea un fin. Si el gobernante fue elegido democráticamente, entonces la misión ya está cumplida, de ahí en adelante, lo que sea que haga, como quiera que se comporte, está a su libre discreción.
Lo peor de todo es que los organismos internacionales y los países que hoy se rasgan las vestiduras por la sucesión forzada en Honduras, entre los que lamentablemente están EEUU y otros países que parecían conservar un mínimo de sensatez, lo único que hacen es proteger a los presidentes, olvidando que los Congresos y Tribunales de Justicia también son parte de ese sistema democrático que tanto proclaman defender.
Manuel Zelaya actuó como un delincuente, como un triste dictador que atropella la Constitución, las leyes y los pronunciamientos de las instituciones de su país. Los otros poderes, igualmente surgidos del sistema democrático, al no contar con mecanismos institucionales, o al no funcionar éstos, para detener al Presidente que estaba dispuesto a actuar con Honduras como si fuera su hacienda, optaron por ordenar a las FFAA su arresto y expulsión del país. Podemos convenir en que esta acción (la de los otros poderes de Honduras) tampoco es institucional y tampoco está contemplada en ninguna ley, pero la pregunta es ¿Quién golpeó a quién?, ¿Fueron los otros poderes del Estado hondureño los que golpearon a Zelaya al hacerle arrestar y expulsar, o es el mismo Zelaya quien golpeó su investidura y legitimidad violando y atropellando leyes e instituciones?
Necesito, urgentemente, que alguien me explique cuál demonios es el fin de la democracia, el constitucionalismo, la división de poderes y otros inventos que suelo defender, ingenuamente, pensando que el fin es ponerle límites y frenos al poder de los gobiernos, y proteger y mantener mis libertades y derechos, igual que las de todos mis compatriotas.
“Lizandro, realmente qué estúpido que eres, pensar que el fin de la democracia es la libertad, y el de los organismos internacionales vigilar que ese fin sea alcanzado por la democracia. ¿Cómo pudiste ser tan imbécil y no darte cuenta de que el fin de la democracia es que la gente vote y elija al tirano de turno, que la función de los organismos internacionales es garantizarle a ese tirano que mientras su pueblo lo elija él pueda hacer lo que le venga en gana, y la de los ‘países amigos’ es ser amigos del tirano?”.
El autor es miembro del Instituto Libertad Democracia y Empresa
www.agorabolivia.com
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