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Migraciones espontáneas y forzadas

Por Mario Rueda Peña - Columnista - 11/08/2009


En casi todos los países del mundo, la corriente migratorio-doméstica favorece más a las ciudades que a las zonas rurales. La población del campo, poco a poco, se vacía hacia los grandes centros metropolitanos. La España de hoy, por sólo citar este caso, es un ejemplo patético al respecto. Conlleva una sobrecarga de pueblos casi totalmente despoblados. Un elevado porcentaje de quienes les habitaban prefirió las opciones laborales en las principales ciudades de la península a las tradicionales de tipo rural, centradas básicamente en la agricultura, la pecuaria o el turismo.


Es que vivimos tiempos de inevitable aplicación de tecnología de punta a la producción agropecuaria, lo cual exige elevado capital, determinando, al mismo tiempo, una drástica reducción del nivel de empleo en el agro. A muchos no les queda otra que escapar de la desocupación, emigrando a las ciudades.


En Bolivia la creciente migración campo-ciudad tuvo causas diferentes. No la desencadenó la modernización de la actividad agropecuaria, tanto en tecnología como en elementales ajustes del régimen de tenencia de la tierra, condiciones imprescindibles para poder producir a escala de mercado nacional e internacional. El fenómeno fue más bien resultado de una Reforma Agraria que apuntando a fines exclusivamente político-electoreros, instituyó el minifundio. Los aymaras y quechuas terminaron inmersos en esa pobreza extrema que siempre padecieron y que a partir de la década del 60 del siglo pasado, en creciente porcentaje, les indujo a emigrar a El Alto, Cochabamba, Santa Cruz y Tarija.


La circunstancia de que hoy, en el agro, viva sólo el 35% de la población total de Bolivia, ilustra tal caída en las cifras de la demografía rural. Tras la independencia de 1825, correspondía al agro casi el 80%. Esta cifra experimentó descensos, pero no muy pronunciados, hasta 1953. En 1960, la población rural seguía siendo mayoritaria.


Cualquiera que observe la gente que llega a las terminales de Santa Cruz, por ejemplo, comprobará enseguida que prosigue la migración altiplánica campo-ciudad. En cierto porcentaje, el destino final ya no es la capital o el norte cruceño, sino zonas orientales del departamento o determinados lugares de Beni o Pando.


A tal migración, espontánea, por los factores ya mencionados, se agrega ahora una forzada por el actual gobierno con fines igualmente político-electoreros. Gente campesina o “indígena” a la que traslada a Pando simple y llanamente para que en las ya vecinas elecciones presidenciales, con su voto, infle a favor del MAS los guarismos electorales finales de la región. Se le provee de viáticos, vituallas, carpas y nada más. Seguro que tras la consulta popular la sobrevivencia diaria se le convertirá en todo un dolor de cabeza, pues van a parar a un trópico de economía basada en acopio de productos que exigen procesamiento previo antes de ser puestos en el mercado (caso de la castaña) y que allí constituyen lo único rentable.


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