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El rédito electoral de “Juancito Pinto”
Por López Duarte Reynaldo - Periodista Invitado - 7/11/2009
Siempre hay cerca algún niño que nos infunde ternura y cariño. A menos que uno sea un desalmado, todos tenemos consideración con él. Incluso los animalitos defienden con denuedo sus crías ante el inminente peligro. En ese ámbito no existe el odio feroz por la disputa del poder. No hay lenguas viperinas, tampoco la guerra sucia. Pero cuando vemos en campaña al “animal político”, la realidad es diferente. Es lo que está ocurriendo ahora: ni a los niños respetan.
Se dice que en la política, como en el amor y la guerra, todo vale. Vale hasta la mentira en tanto sirva para conquistar o vencer al adversario. Y el que gana es el que tiene la razón. En esta lógica de Maquiavelo encaja perfectamente la invención de Juancito Pinto para explotarlo en la propaganda electoral. El tal héroe, con su tambor y su fusil, durante la guerra del Pacífico, no existió nunca. Pero ahora, así falso y todo, es muy útil para apoyar las ambiciones políticas. Es la otra “mesa coja” de la historiografía nacional que se difunde profusamente cada día. ¿No estará entre los respetos al niño el no mentirle?
De manera desembozada y abierta, este año se inició el pago de los 200 bolivianos con discursos y actividades típicas del proselitismo electoral. De hecho se incorporó a los escolares a la campaña en favor del candidato masista. En Cochabamba la ministra de Justicia, Celima Torrico, hizo repetir a los niños “Viva Evo, causachun Evo” y repartió volantes de apoyo a la candidatura de Morales, en medio de aplausos. El “soberano” aplaude todo y hace todo lo que le dicen que haga.
Conforme a la característica ya conocida, el bono de marras también lleva la impronta de Jano, el dios mitológico de doble cara: el beneficio pecuniario y el fin electoral en cubierto. Ciertamente para nadie es demás unos pesos y en la pobreza aun lo poquito es significativo, pero es a cambio de pagar la factura de convertir a los niños en instrumentos de la propaganda política. El incremento de la matrícula y el bajo índice de la deserción escolar, como efecto del bono, son también parte de las falacias electorales. Y si no es así, hay que probarlo, señor Ministro de Educación.
Si con algo no hay que mezclar a los niños es precisamente con la política; es decir, con la politiquería. Esa cosa indecente y fea que todos repudiamos. A pesar de que se habla tanto de “cambio”, hay males que no tienen visos de cambiar jamás. No hace mucho que un connotado periodista decía que los partidos políticos parecen “mafias organizadas para delinquir” y que los políticos son por definición mentirosos y demagogos.
Es difícil cambiar la estructura moral de las gentes y aún más difícil debe de ser tratándose de políticos. De los que están congregados en el Parlamento, el propio Morales no estaría muy descaminado al repetir el concepto que expresó cuando era diputado: “El Congreso es una mafia”. Por algo diría lo que dijo.
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