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La crisis institucional cruceña

Por Peña Franco Oscar - Columnista - 7/11/2009


El otrora frente único, sólido y homogéneo, blindado por una historia exitosa y endeble a la vez, que fue por más de medio siglo el Comité Pro Santa Cruz, está hoy sumergido en las aguas enturbiadas y desconocidas de una crisis que ni sus exponentes más funcionales se atreven a negar. Las discrepancias internas, antes inexistentes y después hábilmente disimuladas, han hecho eclosión en un momento en que vientos de cambio que están arrasando cuanto obstáculo se les opone, atraviesan toda Bolivia.

No existe sociedad ni lugar del mundo donde una crisis de esta naturaleza y estas proporciones, estalle de la noche a la mañana.

Tampoco es, en ningún caso, secuela de accidentes políticos o casualidades históricas, sino el resultado acumulado de tendencias humanas y sociales que pueden hacernos creer más fuertes de lo que en realidad somos y por consecuencia de esa sobrevaloración nos inducen acciones equivocadas —suicidas, en ocasiones— como las de constante y triste evocación que tuvieron lugar en agosto y septiembre de 2008. No es del caso averiguar si se las planificó en alguna torre o algún “stand” ferial  (en algún momento esa tarea deberá ser cumplida con sometimiento a la ley) sino de medir sus consecuencias, especialmente las de impacto directo sobre la institucionalidad regional y su actual crisis.

Tampoco hay que perder de vista que los desbordes condenables de aquellos meses (ejercicio de violencia destructora contra bienes del Estado, humillaciones a los que son y piensan diferente, toda una lista de excesos imposibles de justificar), se incubaron en el vientre propicio del vacío de poder que por su culpa dejaron los partidos políticos y que fue prestamente ocupado, cual cabía a las circunstancias, por los poderes regionales en cuatro departamentos y con características descollantes, en Santa Cruz. Visto lo ocurrido con ojos de hoy, se llega a la constatación de que ese fenómeno de sustitución de los partidos era inevitable en aquel momento. La equivocación no es que se hubiera consumado, sino la manera en que ello se hizo. La violencia de 2008 es pariente del fracaso de la llamada clase política y de quienes le tomaron la posta.

Ahora, suceden cosas que en el pasado reciente nadie las hubiera creído posibles, como la conducta autónoma de individuos e instituciones que se aproximan al gobierno, sea para negociar o aliarse con él. Con el “gobierno moral” en la cima de su poder, nada de todo esto hubiera ocurrido. Hoy, en cambio, los vemos como hechos naturales. Es más, hechos amparados por el régimen constitucional vigente.

La “institucionalidad cruceña”, si asume la lección, tiene que empeñarse en repensar su modelo para modernizarlo, democratizarlo y humanizarlo. El “modelo cruceño” tiene virtudes que se debe incentivar, pero ha cometido errores que aun es tiempo de corregir. El gran reto es elaborar un proyecto colectivo que abarque a todos, sin privilegiar a algunos grupos en desmedro de toda la comunidad.

El autor es periodista

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