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La lectura inodora

Por Rocha Monroy Ramón - Columnista - 7/11/2009


Mi amigo Pedro Brunhart me contó un clásico del humor alemán sobre un célebre escritor que tenía la costumbre de leer en el baño; ojeaba un periódico y allí encontró una crítica sañuda sobre su obra, y entonces contestó un artículo que decía: Apreciado señor: me encuentro en la habitación más pequeña y solitaria de mi casa y tengo ante mí la crítica que usted me dedica, que en breve la tendré tras de mí. Atentamente, etc.

La anécdota convocó el recuerdo de Sixto, mi padre, en tiempos en que no había papel higiénico y usábamos corrientemente el periódico para esito. El viejo solía recortar los periódicos pasados, pero lo hacía respetando los artículos, aunque tuvieran cola o continuaran en otra página. Así entrar al baño era tener a mano una colección de recortes que a veces se libraban de ir a parar al basurero porque los rescatábamos en algún archivador. No lo olvido porque allí nació mi vocación periodística, pero también la inconfesable manía de encerrarme en el baño a leer más que a otra cosa.

Cierta vez mi amigo Ariel Gamboa me regaló un libro de 1.700 páginas que escribió Adolfo Bioy Casares sobre los dichos y hechos de Borges. Parecía un libro de arena, porque lo leía del inicio hacia el final y del final hacia el inicio, y siempre tenía en deuda un volumen considerable de páginas. Como es de suponer, pasaba momentos de solaz mechados con risas solitarias en el baño, pero leer un volumen así, que parece un Larousse, es como tocar bandoneón sentado en un inodoro. De pronto el libro se ladeaba sobre mi pierna y caía al suelo con gran estrépito. Enseguida venía la fatiga de reencontrar la página donde estaba y volver a la lectura. Como tengo, además, la costumbre de usar tarjetas para hacerme diccionarios temáticos en cada libro, la lectura se complicaba porque la pierna no es buena superficie para esos menesteres. Entonces recuerdo que volqué un tacho de ropa sucia y lo usé como mesa de lectura. De ahí a sistematizar el hallazgo había un paso, y entonces nació en mi imaginación el inodoro-pupitre, que hasta ahora, para mi pesar, no puedo construirlo.

Ah, cómo sería de feliz con un inodoro-pupitre, digamos una mesa plegadiza que uno haga girar hasta situarla al frente, para desplegar las páginas de un buen libro. Pensándolo dos veces, como este invento aumentaría el tiempo de permanencia en el baño, tendría que vivir solo o construir un baño personal, sólo para mí. En tal caso podría mejorar el equipamiento instalando un estante, un estuche para lápices y marcadores, una canastilla para papeles, fichas y cuadernos, quizá un frigobar para aliviar la sed o tomar un aperitivo, por ahí una bandeja con bocadillos o incluso una cocineta.

Los romanos mezclaban el acto de descomer con la comida, la bebida, el amor y la tertulia, como lo revela Petronio en su inmortal “Satiricón”. ¿Por qué no, entonces, construir un baño espacioso con varios inodoros-pupitre en círculo (con especial dedicación al diseño de aquéllos destinados a las damas), y entonces tendríamos un escenario propicio a los talleres literarios o a las lecturas colectivas? En fin, para los días de calor, un jacuzzi a la mano ayudaría a leer fresco de cuerpo, y de alma.

Comentarios - 2

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    Juan el loco07-11-2009 10:00

    Todos pasamos por momentos de lectura "odoros " porque el baño no se libra de ese estado especialmente si es utilizado para lo que está hecho. Sin embargo profundizar un acto sucedáneo de un buen ambiente de lectura ya me parece de un gusto prosaico. No entiendo porqué los hombres nos empeñamos en mantener o valorar los usos y costumbres antiguas cuando ya fueron reemplazadas por algo más cómodo.

  • 1

    Emilio Zabaleta Sabanes07-11-2009 09:00

    Estimado señor, se equivoca usted: no se trata de un clásico del humor alemán, sino de una anécdota del compositor Max Reger. Quien acaso hiciera lo mismo después de leer su nota.

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