Ed. Impresa DESDE LA TIERRA
Juan Conitzer, Juan
Por Cajías Lupe - Periodista Invitado - 20/11/2009
Partió Juan y en la alforja que carga su alado caballo se lleva la última página de una generación que hizo el amor y no la guerra, que hizo de la libertad un canto para sí y no para hacer daño.
Juan se fue igual que el abuelo Juan Francisco, como vivió, en silencio, con el peso de sus muertos. Ayer nomás lo vimos con su libro de apuntes, sus nuevos cuentos, la flamante biografía de la madre Yolanda Bedregal, preparada por las manos fraternas de la hermana amorosa.
Se fue detrás del padre, aquel judío que atracó desde el horror de la Europa de entre guerras hasta el páramo, donde habría de fundar familia y a juntar los poemas sueltos que la esposa amada dejaba caer por acá, por allá. Juan Conitzer Bedregal vio desde su niñez a ese padre errante que tanto apoyó el vuelo de la poetisa para que ella fuese para siempre Yolanda, la de América.
Lo habré conocido adolescente en medio de las tertulias de los bohemios de Gesta Bárbara, el tío Julio, los hermanos Bedregal, las muchas primas, la vecindad por la Ecuador, la plaza España, el eterno Montículo.
Recién lo recuerdo con claridad aquella vez primera cuando me regaló casi de ocultas un vidrio pintado con unos seres coloridos y descabezados, parecían diablos, locos bajo un sol demasiado amarillo, enfermo. Ensayaba entonces aquel arte que le daría la piedra fundamental al grafiti boliviano, al cartel, al afiche. Son muchos los artistas que lo reconocen como una leyenda, por su legado. Juan y su tumba, cubierta de tierra y cubierta de decenas de esos dibujos coloridos, festivos, descontrolados.
Otra vez el presente fue un cuento. Sólo él pudo inventar una historia de ciencia ficción sobre mi experiencia escondida en aquel cuarto de baño cuando los paramilitares asaltaron la Central Obrera Boliviana en julio de 1980. Decía que fueron mis ojos, mi mirada sin pestañear la que creó un muro imaginario, por eso no nos pescaron. Las letras, escritas a lápiz sobre una hoja de cuaderno escolar, se han borrado, pero para mí han quedado como otro regalo de Juan.
Juan artista, Juan cuentista, Juan bohemio de flor y lentes, melena y chaleco de lana verde. Más que todo Juan que no hace mal. Vivió su rebeldía como un estallido de excesos para divertir a los demás como invitar a todos a comer con el cobro de una herencia familiar, o alojarse una semana entera en el gran hotel de cinco estrellas para evitar meter el dinero ganado en una cuenta de ahorros.
Sobre todo Juan papá, Juan como el único hombre en medio de todas las mamás que corríamos a recoger a las bailarinas que salían de la clase de ballet, del ensayo en fin de año, de la presentación en el Municipal. Juan poeta, listo para esperar a los hijos a la salida del colegio, cargar con las mochilas, llevar los recreos. Juan feliz en sus últimos meses con una pequeña de apenas cuatro años, que escuchará de sus hermanos esos goces que a ella no alcanzaron.
Juan Conitzer Bedregal murió con edad suficiente para cobrar su Bono Dignidad, pero con el espíritu curioso de un niño de pocos años, con el alma adolescente de un hippie de los 60 y con la mente lúcida de un artista que consigue sacar de la luz de su ciudad natal, La Paz, la esencia del color que miramos sin ver y de las formas que sólo los iniciados pueden descubrir detrás de la apariencia de lo más simple.
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