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The wall

Por Cortés Hurtado Róger - Periodista Invitado - 21/11/2009


La memoria se ha esparcido por todo el mundo al cabo de 20 años de su caída. En estos días se ha machacado que el derrumbe del muro marcó el final de una experiencia ominosa para los alemanes y la evidencia del fracaso en que concluyó el “socialismo real”. Aún con tantas lecciones de Historia encapsulada, para millones de jóvenes europeos, estadounidenses y, seguramente, de muchas otras latitudes, toda las referencias de “el muro” se resumirán en recuerdos del concierto organizado por Roger Waters y su inquietante escenografía, ocho meses después de los hechos. Otros, mayores, guardarán en su retina las imágenes en blanco y negro de hombres y mujeres que trataron o consiguieron huir, burlando barricadas, nidos de ametralladoras, cercas, vigías.

Claro que hay mucho más de lo que se insiste en contar, porque la historia de la enorme cicatriz divisoria de Berlín no se resume al auge y disolución de la sorda guerra que enfrentó a dos bloques y a la implosión de una estrategia desde la cual se trató de crearle una alternativa al capitalismo. Para que la pared se erigiera en los años 60 del siglo anterior, tuvo que transcurrir una larga cadena de pactos, abiertos y secretos, de complicidades y silencios que caracterizaron a la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos subrepticios entre Hitler y Stalin (“con el cuchillo bajo el poncho”, Mallku dixit) o la negligencia británica, o el abstencionismo yanqui. No se lo podría entender sin la explosión de violencia y brutalidad de la guerra y la repartición de áreas de influencia, por la que ingleses, rusos y estadounidenses se repartieron el planeta a partir de Yalta. Los unos “cedieron” a Europa Oriental, dejándola bajo el poder estaliniano, estos últimos retribuyeron ordenando el repliegue de sus afines en Francia e Italia, donde el prestigio de maquis y partigiani se agigantó en la Resistencia, para entregarla, resignada y pragmáticamente, a dirigentes afiliados al bloque capitalista.

Cada una de estas someras citas sobre las raíces del muro necesita —como decenas de las otras que ni siquiera menciono— una revisión reposada y profunda, porque el objeto de fondo es acercarse a la comprensión de: ¿qué pasó, para que un sueño y una estrategia de liberación se transformaran en opresión y espanto? ¿Cómo fue que de la construcción de un orden social más avanzado, que el de la acumulación perpetua y la desigualdad creciente, degenerase tan radicalmente? Buscar, escarbar, comprender urge más que antes, porque a los viejos desafíos se suman hoy los de actuar para que el desastre ambiental y la destrucción cíclica de riqueza, vidas y recursos no se prolonguen, empujándonos a la aniquilación. Cayó el muro, pero en los años transcurridos no se observa aún una señal decisiva de que hubiésemos encontrado una ruta para que no se sigan erigiendo otros, nuevos e igualmente ominosos, como en Cisjordania o en la divisoria entre Estados Unidos y México. Queda claro que no se trata sólo de derribar paredes de hormigón, púas y Kalashnikov apuntando, sino el muro del miedo; de todos los miedos. En un tiempo históricamente muy breve hemos saltado de la bipolaridad a la hegemonía secante y, luego, a un multilateralismo sembrado de incógnitas, donde implacablemente restallan las interrogantes que deben despejarse para edificar una estrategia que nos lleve a transitar de la decadencia y la angustia a una civilización genuinamente tan justa como libre, propiedades inexcusables de cualquier oferta que merezca, genuinamente, llamarse socialista.

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