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Ayacucho fue el 9 de diciembre
Por Rocha Monroy Ramón - Columnista - 8/12/2009
El Libertador Bolívar decretó que la conmemoración de la victoria de Ayacucho (9 de diciembre de 1824) fuera la fiesta patria más importante de la nueva República Bolívar, hoy Estado Plurinacional de Bolivia. Sin embargo sólo hubo un sonado festejo en 1825, que nunca más se repitió. El Mariscal Santa Cruz gobernó el país durante 10 años en los cuales procuró borrar la memoria de Antonio José de Sucre al extremo de que no decretó duelo a la noticia del asesinato del héroe de Ayacucho en la quebrada de Berruecos, en 1830.
Cuántas dificultades no se abatieron sobre Sucre en esos cuatro años intensos (1824-1828), la última de ellas, el motín del 18 de abril que lo depuso de la Presidencia y le costó una herida en el brazo derecho. En las vísperas de Ayacucho, Bolívar le dio el mando del Ejército del Sur, pero allí lo tuvo, día tras día, obligándole a no cargar, en una guerra de posiciones extenuante para un ejército acostumbrado a los golpes de mano y las acciones contundentes. Sus tropas eran inferiores en número al ejército realista, pero con elevada moral y entusiasmo. La guerra defensiva era desagradable y desventajosa para el cumanés, mucho más con tropas como las suyas, que eran de obrar a la ofensiva.
Dicen los testigos que a Sucre no se lo podía reconocer en campaña, con la barba crecida y los ojos enrojecidos por tantas noches de vigilia. Sucre espiaba en persona, noches y noches, al enemigo, mientras sus generales esperaban en tensa calma y como al borde de la insubordinación, porque pesaba sobre ellos la incertidumbre de no recibir órdenes. Tan atildado en otro momento con su persona, y se lo veía descuidado, enfundado en un poncho de indio, con los rizos volando al viento y mesándose la barba crecida y desordenada, mientras aguaitaba los movimientos del enemigo.
Este era el panorama al filo del 1º de diciembre, ocho días antes de la batalla. Fueron 80 leguas en retirada, del Cuzco a Huamanga, en línea paralela con el enemigo, avistándolo en todo momento, cediéndole la cumbre, buscando el llano para marchar ordenadamente, en medio de frecuentes escaramuzas. Las maniobras nocturnas eran particularmente extenuantes.
Cinco batallones y cinco escuadrones enemigos cubrían la quebrada de Corpaguaico, e hicieron más de 300 bajas al Ejército Libertador, con el parque enteramente perdido y una de las dos piezas de artillería; pero al paso de esa quebrada le debe el Perú su libertad.
El Virrey sólo quería maniobrar, y no combatir; doblemente peligroso para los hombres del cumanés, invariablemente menos numerosos pero más decididos. Como dijo Sucre en una carta, los realistas fincaban el valor de sus tropas en los pies, mientras el de las nuestras se hallaba en el corazón. Para colmo, los indios realistas victimaban a heridos y rezagados.
Al amanecer del 9 de diciembre, el ejército del virrey Laserna se situó en las alturas mientras el de Sucre se situó en el llano de Ayacucho. Aun con esa desventaja, Sucre ganó limpiamente la batalla y capturó al virrey Laserna y a todo su Estado Mayor.
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