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Un héroe de Junín y Ayacucho
Por Rocha Monroy Ramón - Columnista - 13/03/2010
El único héroe cochabambino que combatió y aseguró el triunfo del Ejército Libertador en las batallas de Junín y Ayacucho fue el general Pedro Blanco Soto. La inquina histórica, el odio regionalista y faccioso, han echado un baldón a su memoria, pero al menos los cochabambinos deberíamos reivindicar su memoria. ¡El único héroe de Junín y Ayacucho y no le rendimos honores!
El episodio está registrado en la Historia del Perú, pues los Húsares de Junín son actualmente el regimiento escolta del Presidente de ese país. Durante la batalla de Junín, el ataque de la caballería realista del general Canterac fue tan contundente, que Bolívar ordenó retirada para reagrupar fuerzas junto a la infantería, que se había apostado en retaguardia. Sin embargo, los Húsares del Perú, comandados por Isidoro Suárez (abuelo de Jorge Luis Borges), José Olavarría y el cochabambino Pedro Blanco, se escondieron en uno de los flancos y atacaron con tal ímpetu al enemigo, que el ejército patriota se reagrupó y ganó la batalla. Bolívar los denominó desde entonces Húsares de Junín.
Meses después, en la batalla de Ayacucho, el ataque intrépido de los Húsares de Junín definió la batalla. Pedro Blanco fue malherido y tuvo que permanecer meses en Huamanga para restablecerse y luego reincorporarse al ejército boliviano.
Durante el gobierno de Sucre, los ánimos de la población crecieron contra la presencia del ejército colombiano, debido a que devoraba la recaudación anual de la nueva República para su manutención. Sucre quería despacharlos al norte, pero los parlamentarios le suplicaban que no lo hiciera, porque pronto la república sería pasto de la ambición de argentinos y peruanos. Un premio de un millón de pesos de plata al Ejército Libertador agravó la situación y puso en serios problemas financieros al gobierno de Sucre. Para colmo, desde el Perú se veía la creación de Bolivia como una maniobra artera de Bolívar y Sucre para debilitar al vecino del sur de la Gran Colombia, y se denunciaba la venta de propiedades fiscales a miembros del Ejército Libertador a bajísimo precio y recibiendo en pago bonos que sólo tenían valor nominal.
Los oficiales que combatieron en el Perú participaban de este ánimo y Pedro Blanco no fue la excepción, como no lo fueron Ballivián y Mariano Armaza y muchos otros. Cuando la Asamblea lo eligió Presidente en diciembre de 1828, se dirigió a Chuquisaca con un Batallón comandado por Ballivián. A su llegada, lo esperaba Armaza, que había sido depuesto de la comandancia de Chuquisaca y lo tomaron preso. El propio Batallón Ballivián se encargó de vigilarlo en su corto cautiverio y de ultimarlo al amanecer del 1º de enero de 1829.
Sus hijos, Federico y Cleómedes Blanco, publicaron folletos para reivindicar la memoria de su ilustre padre. En ellos dan cuenta de la extrema pobreza en que quedó la esposa del ex presidente, doña Ana Ferrufino, hija del patriota que combatió durante 15 años. Estudiaban en el colegio Sucre, pero tuvieron que trabajar como ayudantes de carpintero. Así los vio don Lucas Mendoza de la Tapia, rector del Colegio, y los redimió. De ese modo, Federico fue un eminente geógrafo y jurisconsulto, y Cleómedes, un médico destacado tanto en el Perú como en Bolivia.
¿Así honramos la memoria de nuestros héroes? El encono de Andrés de Santa Cruz, que premió a los asesinos de Blanco y gobernó el país 10 años, consolidó el olvido del héroe. Pero ¿vamos a permitirlo los cochabambinos? Ojalá el Bicentenario sea propicio para enmendar este error.
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