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El empresario frente al Estado

Por Rivas Salazar Luis Christian - Columnista - 17/03/2010


El mercantilismo es el sistema por el cual una élite es privilegiada por monopolios, subvenciones, amiguismo, clientelismo político, compadrazgo, prostitución política por el Estado para enriquecerse a costa del beneficio indebido.

Así surgen convenios ilegales donde empresas operan a la sombra de amistades políticas para entregar bienes, prestar servicios por afinidad al partido político gobernante. De pronto, en poco tiempo por medio de una empresa, personas inescrupulosas se enriquecen ostentosamente.

Así es visto el empresario por la sociedad, como un burgués privilegiado, explotador y rico a costa del trabajo y del esfuerzo del otro. Pero la noción de “empresario” desborda esa errónea visión popular. Por ejemplo el economista Joseph A. Schumpeter definía al empresario como un sujeto innovador, y esta innovación hacía referencia fundamentalmente a cinco puntos: mejores técnicas en el proceso de trabajo, nuevos productos, búsqueda de nuevos mercados, nuevas fuentes de energía y nuevos sistemas de organización empresarial. Por lo que el empresario es el motor para el progreso y desarrollo económico.

Sabemos que el empresario coordina, organiza y supervisa un negocio. El empresario combina trabajo, capital, tecnología, conocimiento para presentar un producto al mercado que genere los ingresos suficientes para remunerar a los dependientes y obtener el beneficio esperado.

El empresario es aquél que funda y opera un negocio asumiendo, al menos en parte, los riesgos que conlleva su posible fracaso, así actúa dentro del mercado como un pez en el agua, esperando competir en igualdad de oportunidades que los otros, buscando alcanzar el éxito o en caso contrario, lo decida el mercado, fracasar.

Pero si espera la protección del Estado, su privilegio, monopolio, protección, ayuda, asesoramiento y limosna, su existencia será aparente y ficticia, mercantilista pero no capitalista. Peor aun si se encuentra en terrenos hostiles a la libre empresa; el intervencionismo y control del Estado, tarde o temprano lo estrangularán con medidas laborales o impuestos asfixiantes, para perjuicio no solo del empresario, sino del trabajador mismo.

Entonces el empresario schumpteriano es un héroe, sea este pequeño, mediano o grande, tiene a su cargo llevar una empresa como si combatiera con vientos y olas adversas en el mar hasta llegar a un puerto seguro guiado por un farol que es la libertad económica. Si esto no es comprendido por los empresarios, estamos ante una situación desesperante, como si estuviéramos frente a un pavo gordo o flaco que lo único que le importa es comer y comer el grano que le da el carnicero, sin saber que tarde o temprano será cocinado.

Por eso el empresariado de todo tamaño, necesita del respeto del Derecho y una justicia imparcial, que le otorgan seguridad jurídica; del respeto por la propiedad privada que le asegura su inversión y le gratificará su esfuerzo.

También es lógico que ningún empresario emprenda su camino pensando en perder sino en ganar, para eso sólo tiene que pedir libertad de actuar y rechazar la intervención estatal, para hacerse responsable de su propio destino.

El ex presidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia, Gabriel Dabdoub, indicaba que el empresariado no tiene ideología. Es cierto no la tiene y no tiene porqué tenerla; es “Homo oeconomicus” no animal político que reza consignas dogmáticas sin criticarlas. El empresario sólo necesita libertad económica para ganar o perder según su innovación y propia responsabilidad, ese es su ideal pero no su ideología.

Entonces el empresario schumpeteriano desafía a la costumbre, a las burlas, a los intereses creados para perseguir su sueño, así se lanza hacia lo desconocido con su emprendimiento. En esta carrera bordeando el abismo puede alcanzar la fortuna, ser rico, lo cual genera la envidia del vecino, de la sociedad y principalmente del Estado. Su fortuna no llegó del sometimiento al burócrata sino del esfuerzo propio cotidiano. Este héroe silencioso produce, transporta, comercia, intercambia, lucha contra el funcionario público desde la aduana hasta su puesto comercial.

Schumpeter observó que la debilidad fundamental del capitalismo reside en que el empresario es antiheroíco e impolítico, es impopular. Así el protagonista principal del capitalismo: el empresario, carece por completo de las virtudes para seducir a la multitud. Su tarea no es conducir pueblos, no se recubre de héroe, no usa botas ni boinas militares, ni realiza el pacto con el Dios de los sacerdotes. No inspira temor, la demagogia no es uno de sus fuertes. No desprecia la economía. Se horroriza con la destrucción y dilapidación de riqueza, ahorra y no desperdicia. El dinero le sirve para calcular ganancia y pérdida por eso es antipático.

Todas estas características, descritas por el economista austriaco, justifican porqué los empresarios no sean escuchados por la mayoría. A lo mucho, tienen que apadrinar políticos, personajes totalmente opuestos a los empresarios, de esta manera, se vuelven cómplices de su propia muerte como clase, ya que el político, astuto, popular y cínico, utiliza al empresario miope, cobarde y tacaño para sus propios fines de obtención de poder.

Schumpeter también predijo el derrumbamiento del capitalismo debido a sus fortalezas, no a su debilidad (como Marx había predicho). Específicamente, la enorme abundancia económica que florecería de la semilla capitalista produciría una era de burócratas y de administradores, desplazando a los innovadores que la habían hecho posible.

Entonces, capitalismo y empresario innovador, no pueden subsistir en un Estado con fuerte presencia estatal y control sobre las empresas.

El autor es abogado

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