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Con la muerte si es el día

Por Vallejo Canedo Gaby - Periodista Invitado - 19/03/2010


Con la boca seca y el corazón saltando se viven siempre los trágicos momentos de la muerte. "Quien lo probó, lo sabe" como dijo Quevedo. Aunque él escribió esa frase para hablar del amor en un soneto, yo la uso, para significar la imposibilidad de describir el sentimiento de fragilidad en medio de un terremoto. Fue así —frágiles y con el corazón saltando— como alcanzamos, los escritores, despavoridos y apenas vestidos a salir del hotel y correr a la avenida La Alameda, para salvarnos del horror que expulsaba el fondo de la tierra.

27 de febrero del año 2010. Santiago de Chile, 3:34 a.m. Hotel Plaza San Francisco. Nosotros que habíamos festejado unas horas antes, el lanzamiento público del libro "Gran Diccionario de Autores Latinoamericanos de Literatura Infantil y Juvenil", que habíamos elaborado en compromiso compartido, en aproximadamente dos años, para la editorial española S.M. estábamos viviendo nuestros íntimos pánicos. Algunos, nos aquietábamos al tomar un sorbo de agua y abrazarnos. Otros, pensábamos en Dios y en los hombres que deterioraron la casa mayor, la tierra. Nadie más que Jaime García Padrino, el responsable de la compilación, tenía un ejemplar del libro que nos convocó a Santiago. Íbamos a recibirlo al día siguiente. José Luis Cortés de S.M. nos daba ejemplo con su fortaleza. Se suspendió el Congreso de Literatura Infantil y Juvenil. El Museo de Arte Moderno donde se realizaban las conferencias y exposiciones, fue afectado por el terremoto. Se habían derrumbado las gradas de acceso al salón principal y caído toda la vidriera de la cúpula central. Alguno en son de broma dijo el titular de una noticia mundial "Escritores y expertos de literatura infantil mueren juntos en el terremoto de Chile". Un día antes, habíamos oído juntos las ponencias y nos habíamos sacado la foto oficial del Congreso, todos, los 400 participantes, justamente en las gradas de acceso. Ahora ellas no servían ya para alcanzar el salón. Las horas, los minutos, los segundos cuentan cuando tienen que ver con la muerte si es el día señalado por el destino.

Se instaló la incertidumbre. Las noticias contradictorias. El hall del hotel poblado de preguntas. La televisión empezó a mostrar las imágenes del horror, el llanto, los destrozos, los saqueos, el hambre. La literatura infantil se retiró, vencida por el dolor de la humanidad. Una niña había alertado a los pobladores de la orilla que las olas crecían, había salvado las vidas de los que la oyeron. No llegaban a tiempo las ayudas. Ni luz, ni comunicación, ni agua, ni comida. Una explicación: "Había temor en Chile de entregar el mando al ejército" —palabras del ex  comandante en Jefe del Ejército Juan Emilio Cheyre, o sea el miedo de sacar al ejército a las calles después de la dictadura, razón por la que tardó tanto la presidenta Bachelet en pedirle ayuda. "No tengo miedo de que el ejército cometa violaciones a los derechos humanos"— dijo J. Emilio Cheyre.

Los animales muertos, junto a cadáveres de personas dispersos en todas partes, las historias de niños arrebatados de los brazos de sus madres por la furia del mar, la desesperación o la esperanza de rescatar a los desparecidos entre las ruinas, hacen llorar a la gente. El pueblo que ya no es pueblo, porque fue arrasado completamente obliga a escribir al periodista Claudio Pizarro - "El terremoto lo botó al mar".

Testimonios como el siguiente: "Escuchamos a un niño chico que estaba aferrado a un árbol pidiendo auxilio, pero no pudimos bajar. El barco intentó rescatarlo pero se dio vuelta. Al rato no escuchamos más gritos" —relata Carolina Fuentes—. "Sólo queda prenderle fuego" —dice Francisco Errázuriz frente a los restos de su casona centenaria que había comprado a los Jesuitas—. Las historias suman y aumentan el pánico.

"Santiago se comportó como una ciudad de primer mundo" —dice dos días después la prensa—, cuando el equipo de supervisión de los derrumbes informa los resultados. En Santiago, se puede caminar. Los cafés, los mercados, empiezan a abrir sus puertas y gente cruza las calles, con normalidad. Tal vez, como dice el psiquiatra Luis Risco: "Los terremotos desarrollan al identidad nacional". Los amigos chilenos pasan las réplicas del terremoto con estoicismo. "Estamos acostumbrados" —dicen—. Lo cierto es que algunos más que otros empezamos a recorrer las calles de Santiago en busca de una solución a nuestra permanencia, a nuestros posibles viajes de retorno, nuestros contactos con las embajadas de cada país. La fortuna fue distinta para los escritores de cada país. Vuelos presidenciales, aviones especiales recuperaban a sus ciudadanos. En la embajada (sic) de Bolivia no contestaban al teléfono.

Las amigas chilenas trataban de ofrecernos su cooperación. Así todavía, en medio de las réplicas y temblores permanentes, visitamos "La Chascona", una de las casas de Pablo Neruda, el centro de artesanía de Los Dominicos, el Museo de la Moneda, donde se exponía una muestra de los guerreros de terracota de Shian, China, el ambiente dedicado a Violeta Parra. Había que vivir. Me acompañaba un mensaje que copié cierta vez de uno de los micros de mi ciudad Cochabamba, que decía: Salgo con Dios, vuelvo con Dios y si no vuelvo, estoy con Dios". Ya en Bolivia, recibo un e-mail de Luis Cabrera de Cuba que dice: "Fui el penúltimo rescatado de los sobrevivientes del terremoto de Chile y ya estoy sano y salvo en mi casa de Cuba. Detrás sólo quedó Frieda, pero la iban a evacuar unas horas más tarde". Frieda Morales fue quien indagó y trabajó para el Diccionario sobre los autores de literatura infantil de varios países de Centro América, entre ellos de su país, Guatemala. Retorno al principio. "Quien lo probó, lo sabe", para agradecer a Dios que me permite todavía, escribir estas notas para mi ciudad y fortalecerme en la escritura de libros para niños.

La autora es escritora

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