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Si el Cerro Rico hablara…
Por Rueda Peña Mario - Columnista - 19/03/2010
…Con toda seguridad que los novelistas bolivianos que ahora se dedican al género histórico encontrarían una veta argumental mucho más densa que las argentíferas de la triangular mole. Es que aquel famoso pináculo fue mudo testigo de hechos y sucesos de toda laya.
No vamos a ocuparnos de ese hijo ilegítimo de un rey que la Corona española ocultó en Potosí con el cargo de gobernador ni de las nocturnas andanzas sexuales de aquél, fruto de las cuales fueron varios vástagos en criollas, mestizas y hasta indígenas. La hija de un cacique quechua concibió para él un niño que poco después de cumplir los 20 años se destacó como combatiente en las filas patriotas de Manuel Ascencio Padilla y Juana Azurduy, pero, sobre todo, por su talento poético (Juan Huallparrimachi).
Simplemente nos ocuparemos de ciertos detalles de un caso insigne: la permanencia de Simón Bolívar en Potosí, durante 98 días –del 20 de julio al 28 de octubre de 1825–, tras su victoria definitiva sobre los españoles. En realidad, no son muy abundantes los datos respecto al paso del libertador por Potosí, pero lo poco que se sabe en torno al asunto sobra y basta para que a cualquier novelista se le dispare la imaginación a las nubes. Lo de su ascensión a la cumbre del Cerro Rico entraña un simbolismo que dejó ya su impronta, en lo escenográfico y argumental, incluso en algunas producciones cinematográficas: la cima como efigie de coronación de su obra libertaria y también, obviamente, de su proyección personal en la historia.
Pero es en la despedida que dio Potosí a Bolívar la noche del 28 de octubre de 1825, en la que encontramos elementos escenográficos y factuales que harían las delicias de cineastas aficionados a las ambientaciones de época, la intriga, el misterio o los escarceos amorosos. Mostrarían en la pantalla a las más bellas damas potosinas, junto a doncellas provenientes de Perú y Argentina, ingresando en los elegantes salones del ‘sarao’, ostentosamente vestidas al estilo de entonces, compitiendo por quién abordaba primero al Libertador, un petiso y poco agraciado flaco a quien embellecía el poder, como siempre. A prudente distancia de las damas rioplatenses, el general argentino Alvear y su compatriota Miguel Díaz Valdés, en rol de ‘olañetistas’: en nombre del Gobierno de Buenos Aires debían saludar y felicitar efusivamente al Libertador, pero al mismo tiempo agraviarlo con la advertencia de que Argentina no permitiría perder ese retazo geográfico del Virreinato de La Plata que hasta entonces era Tarija y que, finalmente, se le escapó de las manos porque los tarijeños optaron en un referéndum pasar a ser parte de Bolivia.
Antes del agasajo, cuando Bolívar con su caballería preparaba su ascenso a la cumbre del Cerro Rico, una muchedumbre se había congregado frente a la casa colonial de afueras de la ciudad que le servía de hospedaje. Desde el balcón reparó en una bella joven que en medio de la muchedumbre le mandaba saludos con ambas manos. El caso es que la noche del baile se le vio abriendo la contradanza con la misma dama y bailar con ella una serie de valses a ritmo furioso. Nueve meses después, la bella potosina dio a luz un bebé. Se cree que actualmente los descendientes bolivianos de Bolívar conforman toda una legión.
Si el Cerro Rico hablara…
El autor es columnista
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