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Ayer fue el Día del Padre
Por Paulovich - Columnista - 20/03/2010
Ayer en hora muy temprana fui despertado por mi esposa, quien me llamó por teléfono desde España para felicitarme por el Día del Padre, diciéndome entre otras cosas: “Felicidades, cholito mío, porque hoy es el Día del Padre, y recuerda siempre que yo fui quien te hizo padre. Te mando besos y también pesos, que podrás recoger en el banco para que no estés recurriendo a cholas en pos de préstamos que yo tengo que pagar.
Me dijo también otras cosas que por ser muy hombre no puedo contar. De todas maneras, al saber que era mi día me puse muy contento, aunque hubiera preferido que en vez del Día del Padre existiese la noche del padre porque podría ser más divertida. De todas maneras, corrí a recoger mi remesa bancaria y comencé a festejar esa fecha tan sublime para unos y tan triste para otros, como somos lo huerfanitos.
Como mi mujer está de viaje, procedí a izar la bandera boliviana, la gloriosa tricolor, en el mástil clavado en mi jardín, izando la bandera española a media asta por el duelo que me provoca su ausencia temporal. Luego canté el Himno Nacional de Bolivia, repitiendo como diez veces el estribillo de “morir antes que esclavos vivir” hasta que una vecina llegó a mi puerta y me gritó “Se ha rayado su disco, don Paulino Huanca”.
Salí a la calle muy bien vestido y empingorotado llevando un ramillete de flores para depositarlo al pie del monumento al padre soltero. Y no pude dar con él. Aunque alguien me ha dicho que está en la calle Conchitas, y otro paceño que tal monumento se encontraba en el Montículo de Sopocachi. Como no lo pude hallar, deposité mis flores al pie del monumento al Pepino Desconocido.
Mi comadre Macacha, que me acompañaba porque el padre de sus hijos, el señor Racacha, había finado muchos años atrás, me sugirió visitar el Palacio Legislativo porque allí estarían trabajando los llamados “Padres de la Patria” y nadie acudiría a visitarlos en el Día del Padre. Le agradecí por la idea y allí nos dirigimos.
En uno de los pasillos me encontré con una diputada nacional, y con las flores en mi mano le pregunté: “Perdón, señorita, usted es Padre de la Patria…?”. Me miró con arrogancia y me dijo: “¿Usted ha visto alguna vez un padre con tetas…?”. Y me tiró las flores en mi cara.
Sin hacer mucho caso a mi equivocación, ingresé a la Cámara de Diputados y después a la de Senadores. Oí hablar a algunos y levantar las manos a la gran mayoría; busqué alguna cara amiga y no la encontré, hasta que me aburrí y le dije a mi comadre Macacha: Vámonos de aquí porque si estos son llamados Padres de la Patria, es preferible que seamos huérfanos.
Después de nuestro largo paseo, mi comadre Macacha se despidió y me dijo: “Debo dejarlo compadre porque sus hijos le están esperando para abrazarle y besarle, porque, a pesar de todo, usted es un buen padre”. ¿Será así? Habrá que preguntarles a mis hijos y nietos.
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