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Prensa y sociedad

Por Peña Franco Oscar - Columnista - 20/03/2010


Una de las características antagónicas al relacionamiento armónico que debe primar en toda entidad social organizada, desde una pequeña comunidad o un remoto vecindario hasta un estado organizado o una comunidad de naciones, es la que marca en forma indeleble los desencuentros entre la sociedad y los medios de comunicación. Es tal un territorio sobre el que, con frecuencia, se abaten oleadas de encono unas veces insignificantes cual onda leve y otras, con la fuerza destructora del tsunami. En todo caso, ola mansa o montaña de agua encolerizada que más tarde o más temprano avivan los enconos.

Sólo existe una fórmula de dos componentes para evitar las torrentadas avasalladoras que caen, o tienen origen en ellos, sobre algunos medios de comunicación y sus públicos. La fórmula es la tolerancia y el respeto mutuos. Sus componentes, son normas legales y preceptos éticos. Es decir, la ley que regula y en su caso castiga, y la vocación moral expresada en la convicción de que todos somos iguales y que no debiéramos hacer a otros lo que no quisiéramos que nos hagan. Esto último incluye, desde luego, las limitaciones que todos debemos imponernos en el ejercicio del poder, conservando incólume la frágil frontera entre nuestros derechos y los derechos de los demás.

Es aquí donde asoma su silueta oscura y extraña una dialéctica que, como pocas, parece estar hecha a la medida de todos porque así como nos confronta, nos facilita la tarea de proclamar que nuestra conducta tiene arreglo con la justicia y la ética y que son los otros los avasalladores de nuestros derechos. Es este un campo (hay que decirlo con claridad) en el que la responsabilidad mayor corresponde a los medios y particularmente a la televisión por el impacto de su llegada inmediata y masiva y por su autoproclamado rol de orientadora y hasta conductora de la opinión pública, cuando su papel, fundamental y auténtico, es el de una honrosa intermediación entre el poder y la sociedad que además tiene a su disposición legítimos, si medidos, intereses comerciales. Hay quienes lamentablemente queman ofrendas en el ara de la diosa “rating”, con las consecuencias previsibles, como lastimar honras y sembrar discordias.

 Pero tampoco está libre de culpa el público –es decir, la sociedad- porque en gran medida aquellos son el reflejo de éste. Sobrecargando las tintas, se podría decir que los medios son tan dramáticos, y en ocasiones dañinos, como el público que los consume: la religión del “rating” existe porque los consumidores de noticias y estilos escandalosos la han impuesto y de ella han hecho un culto al que rinden  entusiasta pleitesía cotidiana en sus salitas de mirar TV.

Cada vez que estallan escándalos y escandaletes de esta clase, tenemos una ocasión más para advertir que sus protagonistas ganan en fama y nombradía, pero pueden perder en seriedad. A ellos les corresponde, en cada caso, hacer la evaluación de todo cuanto ganan y todo cuanto pierden. Ojalá en el momento de hacerlo mediten no sólo acerca de sus expectativas personales, sino tomando en cuenta sus responsabilidades ante la sociedad de la que forman parte.

El autor es periodista

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