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La realidad y los cuentos de hadas

Por Peña Cazas Waldo - Columnista - 21/03/2010


Sabemos que el mundo está patas arriba, y pretendemos enderezarlo, equilibrarlo, elaborando teorías e ideologías liberadoras contra los desajustes y aberraciones; pero olvidamos que en el trasfondo del desbarajuste está la naturaleza humana. La importancia que dan a los hechos los administradores y los receptores de las noticias revela la perversidad del hombre contemporáneo, que está más interesado en cuentos de hadas que en la espantosa realidad: emociona la boda de Felipe de Borbón con una plebeya y divierten las travesuras sexuales de Mr. and Mrs. Clinton; pero apenas escuecen las masacres en Irak o Afganistán y los terremotos en Haití o Chile.

Si el cuento de hadas conmueve más que la pavorosa realidad, algo anda mal en nuestras cabezotas o en nuestros chinchulines. Que los medios machaquen con la inconfesable intimidad de los privilegiados o con el salvajismo terrorista y democrático, allá ellos, pues su negocio consiste en explotar lo banal y lo truculento; pero todos quisieran estar en los calzones del príncipe que paga 100 mil dólares a una prostituta, olvidando que podrían estar en el pellejo de un hombre torturado por la CIA en Guantánamo.

El hecho noticioso como tal no importa mucho, pues lo que cuenta es cómo afecta a nuestra posición en este mundo. Los sufrimientos lejanos, los dolores anónimos y las tragedias colectivas se expresan en cifras, apenas tienen espacio en los medios, y sólo sacuden nuestra sensibilidad las tragedias con un rostro y un nombre. Para el hombre común, los miles de muertos en Haití y en Chile no son personas reales, sino una cifra, ni siquiera precisa, puesta en un papel y destinada a perderse en el escritorio de un burócrata.

Nos conmueve una flor pisoteada; pero no un bosque depredado. Nos identificamos con la tragedia de una persona concreta --el mendigo que toca nuestra puerta cada día o el vecino que sufre un asalto en la calle--; pero sabemos que miles de niños mueren de hambre en África y no se nos mueve un pelo. Ellos son sólo números.

No en vano papá Bush se indignó cuando la antigua TV iraquesa mostró a dos infantes de marina con los ojos en compota, presuntamente por sopapos musulmanes, y al mismo tiempo trató de justificar las torturas a prisioneros suyos en la guerra que ordenó. Las atrocidades ajenas son siempre criminales, y las propias son “simples excesos”, cuando no actos de heroísmo. ¿Qué intangibles elementos hacen la diferencia entre un acto vil, execrable, y otro justificado o heroico? ¿El color de la piel?

El Protocolo de Ginebra establece normas para el trato de prisioneros. Pretende humanizar las guerras, y sólo las legitima. ¿Por qué se prohíben las “armas de destrucción masiva” y se permite el monopolio de armas nucleares por las grandes potencias? ¿Es más ético matar con radioactividad que con gases? Prohibir que se asesine de cierta manera equivale a permitir que se lo haga de otras.

No se puede hacer guerras con guante blanco, pues la barbarie es su esencia misma. No hay guerras limpias, guerras santas ni guerras de liberación: todas obedecen a intereses egoístas, a espurias ambiciones o a oscuros prejuicios. La guerra – lo dijo Klawsevitz – no es más que la continuación de la política por otros medios -: desata las más bajas pasiones y despierta los más bestiales instintos.

Ningún organismo internacional prohíbe o regula la fabricación y el tráfico de armas. La ONU fue fundada para velar por una paz basada en la igualdad de pueblos y naciones: pero ése es otro cuento de hadas, distinto a la espantosa realidad.

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