Ed. Impresa REFLEXIÓN DOMINICAL
Quinta Semana de Cuaresma
Por Uzín Op. Oscar - Columnista - 21/03/2010
La primera lectura bíblica de hoy, último domingo de Cuaresma, viene de Israel y declara: “Yo abriré camino en el desierto y enviaré ríos caudalosos. Me glorificarán las bestias del campo, junto con chacales y avestruces. Daré agua al desierto y ríos al yermo, para apagar la sed del pueblo que yo mismo formé. Así proclamaré mi alabanza” (Isaías 43:16-21). La cita es la prueba de que Dios está dispuesto a dar vida, paz y gloria a la humanidad, siempre que la humanidad respete la grandeza del Creador.
Después, el salmo 125 muestra la grandeza del mundo en que vivimos: “Cuando Yahvé cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar. La boca se nos llenaba de risas y la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían que Dios fue grande con nosotros. ¡Estamos alegres! Al irnos, llorábamos, llevando la semilla. Y al volver, cantamos, trayendo las gavillas”.
La segunda lectura bíblica del quinto domingo de Cuaresma es exigente. El apóstol Pablo revela algo fundamental a los cristianos de Filipos. Les dice: “Estoy convencido de que nada que yo tenga me sirve, comparándolo con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien dejé todas las cosas y las tengo por basura, para poder ganar a Cristo y ser hallado unido a Él. No por mi propia justicia, que sólo viene de la ley humana, sino con la justicia que viene del cielo, por la fe en Cristo Jesús: la que viene de Dios, apoyada en la fe” (Filipenses 3:8-14).
La tercera lectura bíblica viene de San Juan (8:1-11) y es una de las escenas verdaderamente extraordinarias de los cuatro evangelios. El comienzo es sencillo. Por la noche Jesús se retira al Monte de los Olivos y al día siguiente se presenta en el Templo de Jerusalén. Todo el pueblo acude al lugar sagrado y Jesús, sentándose frente a ellos, les explica la Palabra de Dios. De repente, letrados y fariseos aparecen empujando a una mujer “sorprendida en adulterio” y dicen a Jesús; “La ley de Moisés nos manda apedrear a estas putas adúlteras. Tú, ¿qué piensas?”
Jesús, que escribía algo en la tierra con los dedos, espera unos momentos y luego dice: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Y continúa escribiendo. El silencio que sigue es extraordinario. Unos momentos después, letrados y fariseos se van, desapareciendo uno tras otro en silencio, empezando por los más viejos. Al final, sólo quedan la mujer y Jesús. Él le dice:
“Mujer, ¿dónde están ellos?, ¿nadie te ha condenado?” Ella le dice, temblando de gozo, “¡Nadie, Señor!” Y Jesús termina suavemente: “Yo tampoco. Anda a tu casa, y no peques más”.
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