Columnistas

22 de noviembre del 2014. Actualizado a las 18h10 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa OJO DE VIDRIO

Chico era yo y no me acuerdo

Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 28/08/2010


Cierta vez un prestigioso intelectual en edad de condecoraciones me preguntó, muy solemne: Dime, Ramón, qué lecturas tenía Antonio José de Sucre, qué educación recibió, quiénes fueron sus maestros. Lo miré, perplejo y le contesté: Chico ps era yo, no me acuerdo. El caballero disimuló la rabieta y pasó a otra cosa, pero quizá no me perdonará jamás una declaración por lo demás tan exacta y, sobre todo, sincera.

Sincera y valiosa para mí, porque me indujo a alimentar un escrúpulo: si Antonio José de Sucre reviviera y leyera la novela que intenté sobre su vida, probablemente alzaría la espada de Ayacucho para dar cuenta de este humilde ciudadano del Siglo XXI, que luchó al escribir para insuflar vida a los héroes, volverlos seres cotidianos y evitar que pronuncien frases sentenciosas hasta en el baño, con el temor justificado de que, al menor descuido, se conviertan en estatuas de bronce y la narración en hora cívica.

Pero ¿cómo hacerlo sin usar el habla de hoy, a 200 años de distancia de la vida y el contexto social y cultural que vivió Sucre?

Al emprender la novela, tenía una ventaja inicial: el haber leído 17 tomos de cartas editadas por la Fundación Vicente Lecuna, de Venezuela, que trasuntan el espíritu de Antonio José, tan ajeno a la retórica de la época que afectó incluso a Bolívar, aunque en sus discursos y cartas hubiera llegado a una perfección olímpica, mientras Olañeta se revolcaba en esa prosa huera y simuladora, que ocultaba más de lo que decía. Sucre, en cambio, era un espíritu matemático, un militar ligado a la logística y al estado mayor, quizá en el fondo un muchacho sencillo a quien la vida no le había dado tiempo de aprender dos herramientas básicas para vivir en sociedad: la simulación y la mentira. Por eso sus cartas rebosan sinceridad, precisión en los datos y en los sentimientos y un afán obsesivo por registrarlo todo, pues es fama que no tenía escribiente y hurtaba horas al sueño para dictarse a sí mismo sus numerosas cartas, con la angustia de que a veces solían tardar 80 días desde Chuquisaca hasta Bogotá, y lo peor, viceversa. ¿Cómo se puede tomar una decisión estratégica como la de precipitar la batalla de Ayacucho o una decisión política como la de fundar la República de Bolivia sin saber durante 80 días qué decía Bolívar? Esto extremaba su intuición, su olfato de ajedrecista para prevenir jugadas futuras y adivinar jugadas pasadas, pues en 80 días Bolívar bien pudo haber muerto precipitando su obra al abismo, sin que Sucre se enterara de nada.

Con todo, hay claros sobre su vida íntima, sus sentimientos, sus tics y manías existenciales que esas cartas no trasuntan y entonces no queda otra que inventar. Hasta aquí podemos sacar una conclusión: una novela histórica es siempre paródica; uno trata de que su personaje hable y actúe como supone que hablaba y actuaba el otro, el auténtico, que es el otro y no el mismo, pero a tal punto que si resucitara, probablemente se llevaría un tremendo disgusto y nos armaría un julepe de la madona.

Ahora viene en mi auxilio una confidencia irónica de Jorge Luis Borges, quien, con su habitual lucidez denuncia un prejuicio para él de dimensión latinoamericana, que tiene que ver con lo que Ángel Rama llama “la ciudad letrada”: el poeta y el narrador de novelas y cuentos, por más bucólicos que sean en sus temas, son fenómenos urbanos escritos por letrados; letrados que, para el vulgo, se convierten en expertos en todo, como verdaderos oráculos. ¿Hay un tsunami, un huracán, un terremoto? Debemos consultar la opinión del narrador o del poeta. ¿Hay una revolución, un proceso de cambio, una crisis política? Hay que escuchar al oráculo de Delfos. ¿Hay preguntas sin respuesta sobre el amor, la muerte, la vida, la amistad, la cordura o la locura? He ahí el narrador y el poeta para decirnos la palabra precisa con la sonrisa perfecta.


Últimas noticias

En Vídeo