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Encomio de Cecilia Lanza

Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 2/09/2010


Leí esta semana Mayo y Después, un reportaje extenso y memorable que escribió Cecilia Lanza Lobo sobre el levantamiento de mayo de 1981, que fue el principio del fin de la caída de García Meza y tuvo un protagonista: el Gral. Emilio Lanza Armaza, padre de Cecilia.

Lanza y Armaza es decir mucho, porque es mezclar el linaje de José Miguel Lanza con el de Mariano Armaza: un guerrillero de la independencia con el de un general de la independencia. Emilio Lanza fue fiel al legado y levantó al CITE contra la dictadura. Cecilia narra una escena de película, con múltiples testigos, cuando su padre irrumpió a una reunión de comandantes y García Meza le preguntó: “¿Qué quiere usted, Lanza?”. Y Lanza respondió: “¡Que se vaya, carajo!”.

Cecilia Lanza entregó la pasada semana en la Feria del Libro de La Paz Los años del descalabro, un nuevo libro publicado por Editorial Gente Común, del cual extracto algunas muestras del vigoroso estilo de esta brava discípula de Kapuscinski que ha hecho del periodismo de no ficción una obra mayor.

Las descripciones de Cecilia Lanza son vigorosas y cada una, sobre todo al empezar sus artículos, me parece el inicio de una buena novela: “Son paramilitares que te voltean la puerta de una patada y disparan a quemarropa y te encuentran y te tiran al piso, te golpean, te abusan, te ultrajan, te quitan la vida. Esa novia no viste de blanco”.

Otro ejemplo: “Barbarella era hermosa y demasiado alta no sólo por las botas de China Supay que calzaba sino porque la pareja a quien había invitado a bailar desde el palco oficial era diminuta. Pero cuando se tiene todo el poder, el tamaño es francamente irrelevante. Por eso, Hugo Bánzer Suárez ni siquiera reparó en que aquella enorme hermosura era el travesti más cotizado de la festividad del Gran Poder”.

Un párrafo que denota la renovación femenina del periodismo es este cuadro inusitado y preciso de la cruda moral que vivimos alrededor de octubre de 2003, que sólo podía haber escrito un ser único e irrepetible ubicado en el ángulo de mira oportuno para no abundar en lugares comunes:

Lo anunciaban los retortijones. Después de la revuelta de octubre de 2003 nos vino la regla. Un período menstrual particularmente intenso al que resultaba difícil hacerle el quite. Y es que andábamos con depre, histéricos al borde de un desmadre mayor.

Y eso, sabemos, es muy complicado. Bolivia es una mujer demasiado difícil.

El punto G del tuétano insurrecto, como se llama uno de los capítulos, me parece un atinado título de novela y, quizá, de este libro. ¿Dónde radica ese punto G? En la cultura popular, en el sentimiento khesti de esa multitud abigarrada que puebla los barrios populares.

Cecilia vive atenta, desde los primeros retortijones, al proceso de cambio que vivimos: “Una década en la que la vitrina de la boutique nacional cambió de temporada, del rosa al azul”.

En más palabras dice Cecilia: “No había otra. Teníamos que aceptar la derrota histórica y dejarnos seducir por Evo. La derrota histórica de no haber podido asumir que somos hijos de la chingada. De no haber podido trascender el trauma y hacer de ese parto infeliz un triunfo, un desafío finalmente amoroso”.

Sin embargo, Cecilia no es obsecuente con el proceso, es una conciencia vigilante, una expresión estética y ética del periodismo, que no teme criticar: “Escribirán un libro, o más. Filmarán una o más historias y se irán. Yo no. Yo me quedo porque mi compromiso es éste y está aquí. Yo me quedo con ‘Un tal Evo, jefazo’”.

Sabe a lo que se ha metido y lo dice como nadie: “O sea, no es joda y no estamos para boludeces”.

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