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Con el sello de Santiago-Illapa

Por Carlos D. Mesa Gisbert - Periodista Invitado - 5/09/2010


Allí está Santiago cabalgando en los Andes. Ya no es de los reyes Católicos, como tampoco Illapa es de los aymaras o de los incas. Ambos son nuestros, nuestros hoy, en el Siglo XXI, como testimonio de que nadie podrá borrar con el codo lo que escribió con su propia mano

En el momento del rezo (plegaria, oración), el amauta (yatiri), sacerdote andino, en el mismo tono con el que se desgrana el rosario, pide, se comunica con sus dioses, con los Apus (montañas tutelares), con sus ancestros (las huacas). Es una sucesión transida de palabras en aymara salpicadas de vez en vez por el castellano. Entre esas deidades, menciona siempre a Dios (el judeo-cristiano),     pero muy especialmente a la Virgen María y a Santiago (el Tata Santiago). Como un mantra, igual que cuando se rezan los misterios, o el Padre Nuestro y el Ave María, se trata de una repetición que conecta, que comunica, que establece una intermediación entre lo todopoderoso y lo humano.

El amauta está delante de un altar denominado mesa. Podría pensarse que la palabra mesa viene de una pronunciación aymara de la palabra misa. Igual que en gran parte de las religiones del mundo, es un ara, un altar, el lugar del sacrificio. El sacrificio es en este caso una simbolización; cuando se trata de algo de mayor envergadura estará la huilancha, la llama sacrificada a partir de un certero corte en su cuello que regará literalmente con su sangre la tierra, la Pachamama. En el pasado, ese sacrificio era humano, sea de niños o de jóvenes ofrecidos ante los dioses prehispánicos. La Pachamana ya se ha fundido con la Virgen, allí están esos bellos cuadros del Siglo XVIII en el que el rostro de María está en el vértice del cono del Cerro Rico de Potosí. Teresa Gisbert, además, ha descubierto que el Cerro tenía un altar en su cumbre y que allí el Apu era el camino de veneración del gran dios Pachacámac, cuyo origen está en el mar, en el lejano mar del oeste, el Pacífico y que fue impuesto por los Incas cuando ese imperio dominó el territorio de los charcas.

La secuencia de la incorporación de divinidades prehispánicas en el área de influencia del lago Titicaca es compleja y hasta hoy es difícil un discernimiento que establezca con claridad la superposición de deidades desde el pre-Tiahuanacu hasta el incario en un horizonte de casi dos mil años.

Si seguimos esa lógica, sobre todo ante las evidencias de la práctica de las creencias andinas de hoy, es algo indudable que el periodo colonial, que duró casi 300 años, dejó, igual que el tiempo anterior a 1535, una marca indeleble e indivisible en esa cosmovisión. Por eso, la simbiosis entre catolicismo y mundo andino es muy fuerte y tuvo doble vía: ambas visiones quedaron impregnadas con la influencia de elementos que en origen les eran ajenos pero qué con los años se fusionaron.

Pretender que la espiritualidad andina está exenta de ese ingrediente fundamental del cristianismo colonial es simplemente una expresión de deseos, o una falsificación del pasado. La obsesión tan en boga de cortar la historia como una mortadela y leerla e interpretarla por separado y reinventarla al gusto del consumidor político del momento es una tarea perdida, pero por ahora confunde y busca (estéril esfuerzo) destruir nuestra esencia.

No hay espiritualidad andina sin cristianismo, no existe posibilidad alguna de “extirpar idolatrías”, valga la ironía histórica. Así como los sacerdotes y el imperio español no pudieron “extirpar” a los dioses tutelares de los Andes, el actual régimen y sus corifeos intelectuales no podrán extirpar la impronta católico-cristiana de las mesas andinas y de los rezos y de las creencias de los pueblos indígenas. Mal que les pese, más del 90 por ciento de esos compatriotas indios son católico-cristianos con una fe profundamente arraigada, lo que no quiere decir que no esté vigente en ellos la impronta prehispánica con una fuerza notable. No es cierto que en la colonia española se pretendiera erradicar las lenguas nativas. Por el contrario, los sacerdotes más lúcidos que buscaron evangelizar a los indígenas se dieron cuenta muy rápidamente de que era imperativo hacerlo en sus lenguas maternas. Es casi un axioma el que la preservación de esas lenguas en lo que hace a su estructura, su rica complejidad y su comprensión estructural se debe a sacerdotes que como Bertonio, que hicieron estudios, gramáticas y diccionarios del aymara, el quechua, el guaraní y otras muchas lenguas en toda América Latina. No es verdad que los indígenas no tuvieron opción de expresar su mirada del mundo. Los tejidos, los queros, los retablos, las fachadas de iglesias, los murales, los cuadros, todos hechos en la colonia, demuestran que el mundo indio tuvo cabida y expresó su propia sensibilidad mezclada con la línea “oficial” de la Corona y de la Iglesia.

Quizás sea Santiago apóstol, el Tata Santiago-Illapa, representado mil veces y pintado alguna de ellas sobre un trozo de meteorito caído del cielo, quien mejor expresa está afirmación de fe, de cultura, de construcción histórica. Allí está Santiago cabalgando en los Andes. Ya no es de los reyes Católicos, como tampoco Illapa es de los aymaras o de los incas. Ambos son nuestros, nuestros hoy, en el Siglo XXI, como testimonio de que nadie podrá borrar con el codo lo que escribió con su propia mano.

El autor es ex Presidente de Bolivia

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