Columnistas

Domingo 12 de febrero del 2012. Actualizado a las 18h22 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa TAL COMO LO VEO

En boca cerrada...

Por Waldo Peña Cazas - Columnista - 5/09/2010


Por puro bocón, el presidente ecuatoriano Correa ha puesto en peligro la vida de otro sobreviviente de la masacre de Tamaulipas, México, lo cual demuestra que la palabra de un mandatario no sólo debe ser veraz, sino también oportuna. Muchas declaraciones oficiales provocan inútiles conflictos: hace años, menudo jaleo armó Jaime Paz, entonces presidente, al declarar a la TV norteamericana que los embajadores gringos son en realidad corregidores en los países del Tercer Mundo. Dijo su verdad, pero ningún mandatario había tenido antes la honestidad –¿o la desvergüenza? – de hacerlo públicamente. No supo ser oportuno, y su verdad no lo eximió de culpa porque él tenía la obligación de hacer que las cosas fueran de otra manera.

En rigor, la diplomacia es el arte de decir la verdad cuando conviene, y así como un padre es responsable del honor y de la dignidad de su familia, también un presidente debe cuidar el prestigio de su pueblo. Pero las metidas de pata son hoy cosa de todos los días, sobre todo por el prurito de Evo Morales de arremeter contra sus enemigos ideológicos de Estados Unidos, Colombia, Perú o Costa Rica. Provoca conflictos gratuitos, con profusión de desmentidos, rectificaciones, aclaraciones y explicaciones –no dijo tal cosa, la cita está fuera de contexto, han tergiversado sus palabras– y  toda la monserga que tradicionalmente desempolvan los políticos después de meter la pata con la lengua cuando ya no hay remedio, cuando el mundo se entera, por boca oficial, de que somos un pueblo grosero e inculto.

Estas vergüenzas podrían evitarse de una sencilla manera: cerrando la boca, pues todos los vicios y deficiencias del cerebro se revelan por ahí y un tonto callado puede parecer inteligente, pero un tonto lenguaraz se pone en evidencia tarde o temprano. Salivazos inmotivados pueden rasgar la delicada trama política, y si la cabeza de un líder no está bien ajustada, es inevitable que su lengua se desboque causando peores estragos que una cabra loca en una tienda de porcelanas. Por no controlar la lengua, los políticos tropiezan más con este cartílago que con las patas.

No hay cojo que no se sienta corredor, tonto que no se crea inteligente ni tartamudo sin complejo de orador. Por vanidad, principal motor y acelerador de la lengua, altos y bajos dirigentes políticos persiguen micrófonos, grabadoras y cámaras como las moscas persiguen la miel. Para ellos, hablar es un impulso irresistible y un divino placer. Se engolosinan con sus palabras, las saborean, las paladean, las degustan y las digieren como si fueran manjar de dioses, rociándolas con su saliva convertida en vino eucarístico. Placer tan intenso puede llevarles al orgasmo o al nirvana. Hacen declaraciones con cualquier motivo, sobre cualquier cosa, en cualquier momento aunque sus opiniones importen un pito. Muchos periodistas son también culpables porque en lugar de investigar en fuentes confiables, consultan a lengüilargas como si fueran sagrados oráculos.

Para quienes viven la ilusión del poder, inflados por el halago interesado, no es fácil frenar la lengua. Los poderosos son muy pobres críticos de sí mismos y viven una falsa realidad porque nadie les hace ver sus errores. Todos aplauden sus majaderías, y a la larga hablar y discursear se convierten en manías y en vicios. Es inevitable, y a veces necesario, que un presidente haga declaraciones, pero debe saber cuándo, cómo y dónde hacerlas. Por su misma jerarquía e investidura, no debe andar echando salivazos a diestra y siniestra con cualquier motivo, en cualquier parte y sin ningún objeto. En boca cerrada no entran moscas.

El autor es periodista

Ultimas noticias