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El Día del Médico

Por Paulovich - Columnista - 23/09/2010


El pasado martes se celebró el Día del Médico coincidiendo esa fecha con el Día de la Primavera, el Día del Amor y el Día del Estudiante, por lo que deberíamos entender que los médicos consideran al amor y a la primavera como enfermedades pasajeras, aunque el amor es una afección que acaba por tirarnos en la cama a los enamorados.

Como soy paradójico y a veces “parajódico”, el día del médico estuve enfermo, y como todos los médicos se hallaban de fiesta tuve que curarme solo porque la única curandera que encontré a mano fue mi comadre Macacha quien al verme en el lecho del dolor y observar mis ojos de cordero degollado quiso sanarme colocándome un supositorio de Buscapina para aliviar mis espasmos dolorosos en el hígado, el órgano más noble de mi cuerpo, superior en nobleza al corazón que nos traiciona con mucha frecuencia.  Quise explicar esta mi teoría a mi mencionada comadre, quien desconocía que soy médico “frustro” aunque practico clandestinamente la medicina entre mis parientes y amigotes que acuden a mi porque no les cobro la consulta, por lo que pido perdón a mis cuasi colegas del Colegio Médico de Bolivia.

Lo cierto es que me curé y empecé a llamar por teléfono a mis amigos médicos comenzando por mi psiquiatra de cabecera el doctor Marcelo de la Quintana para felicitarlo en su día, preguntándome el galeno que tal me sentía ante la inminente aprobación de la Ley contra el Racismo, contestándole que muy tranquilo porque soy un cholo feliz, nunca exploté a los campesinos porque jamás tuve fincas ni en La Paz ni Cochabamba y mis camisas siempre me las lavó una señora española.

Mi segunda llamada telefónica fue para felicitar a mi cardiólogo el doctor Luis Otero quien me recomendó no bailar en el Naiclú “Malena” porque la ciudad de El Alto no es muy apta para la cumbia millera y que controlara mis emociones al ver bailar a las señoritas del estriptís.

También felicité a mi urólogo que me salvó la vida hace veinte años, el doctor Ramiro de la Rocha y el Dr. Miguel Marañón que controla mi diabetes y que nunca me prohibió consumir un buen whisky, como también el Dr. Marcelo Navajas Jr.  que nunca me pidió que dejara el cigarrillo.  Al doctor Mario Paz Zamora lo abrazaré personalmente.

Mi comadre se extrañó porque no saludé a ningún curandero ni a ningún médico cubano de los miles que hay ejerciendo en nuestro país y le respondí que no creo en la ciencia de los curanderos ni en la ciencia de los cubanos desde que desapareció cuando los doctores soviéticos se marcharon de la isla caribeña.

Al ver que mi estado de salud había mejorado notablemente, mi comadre Macacha me invitó a bailar y me condujo en mi motocicleta a una discoteca cercana a la Facultad de Medicina y al Hospital General de Miraflores donde celebramos la simpática fecha que une doctores y enfermos al grito unánime y sincero de “¡salud!”.


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