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Contra el servicio militar obligatorio

Por Camilo Albarracín Zelada - Periodista Invitado - 5/10/2010


La abolición del servicio militar obligatorio es una utopía para muchas personas y el momento histórico nos llama. Es tiempo de renovar nuestras prácticas arcaicas, así como se está transformando todo el marco gubernamental, en todos sus sentidos. Volver realidad nuestras quimeras.

Es irracional e indigno que a cualquier ser humano le hagan creer que su patriotismo, o su nivel de amor a la patria, está demarcado por conductas propias de instintos del reino animal. Tal vez en tiempos remotos, cuando las guerras eran el pan nuestro de cada día y las invasiones barbáricas eran muy frecuentes, el nivel de “instrucción militar boliviano” hubiera sido útil para defender nuestros cultivos sedentarios y a nuestra mujeres de los nómadas incivilizados.

Pero en una sociedad globalizada que apunta al consumo informativo masificado no cuadra, pues. Esta situación sólo sirve para que muchos ciudadanos pierdan tiempo y dinero, muy a parte de los impuestos que pagamos todos para que la institución “tutelar de la patria” exista.

El servicio militar es una preparación de los ciudadanos de sexo masculino para la guerra. Pero, ¿para qué tipo de batallas estarán preparando a nuestros muchachos premilitares, conscriptos y otros? ¿Será que estamos enterados de que existen misiles nucleares teledirigidos, aviones militares a control remoto y muchas barbaridades semejantes más?

¿Será que nuestros “enemigos” al momento de capturar a uno de nuestros soldaditos para obtener información recurrirán al método de ponerlo de cabeza en un charco de agua sucia y golpearlo violentamente como si viviéramos todavía en la Edad Media? ¿O simplemente le inyectarían una droga desarrollada en un megalaboratorio que le haga cantar los secretos tan valiosos que posee un cabo u otro de bajo rango?

A través de los diversos medios de comunicación y de manera constante nos enteramos de casos que quedan en la completa impunidad, ahora con el caso de torturas dentro de recintos de instrucción militar que se suman a muchos casos de agresiones a premilitares y conscriptos que en su mayoría son gente del campo. Estos últimos obligados a sufrir vejámenes de toda índole: los pegan, los maltratan física y psicológicamente y, de yapa, los hacen trabajar en la construcción de aquel coronel o de aquel general en condiciones infrahumanas.

Después de todo lo expuesto, surgen las preguntas: ¿cómo seguir adelante con tremenda farsa? ¿Cómo negar la preocupación de los padres de familia cuando dejan a sus hijos en los cuarteles, preguntándose si volverán vivos y completos a sus casas? ¿Cómo negar que su sistema de instrucción militar es obsoleto, comparándolo no con los de las potencias mundiales, sino con los que ya se aplican en cualquier país vecino, donde para empezar el servicio militar ya no es obligatorio?

Vivir nuestro tiempo es rechazar cualquier tipo de violencia y, por lo tanto, cualquier tipo de instrucción que induzca a solucionar problemas de modo irracional.

Por eso, apoyemos el referéndum en contra del Servicio Militar Obligatorio que no justifica su existencia con beneficios palpables para la sociedad. Y, peor aún, llega a constituirse en un estorbo, un gasto y una ocasión para que se cometan crímenes de lesa humanidad en muchos, pero muchos, casos.
 
El autor es estudiante de comunicación social


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