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La ley contra el racismo

Por Gregorio Iriarte - Columnista - 19/10/2010


La Ley Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación lamentablemente se queda corta, muy corta, a pesar de su largo enunciado.

Los problemas del racismo y de la discriminación tienen raíces muy hondas y hay que enfrentarlos como condición imprescindible si se quiere que el país cambie en profundidad hasta lograr que todos se sientan como verdaderos ciudadanos/as con plenos derechos y obligaciones. En realidad, una ley contra el racismo y la discriminación no sólo es oportuna sino de absoluta necesidad.

Sin embargo, el problema no se solucionará con un listado de penalizaciones como nos ofrece la ley que ha sido aprobada.

Las más graves manifestaciones de racismo y discriminación no están vinculadas a expresiones verbales. Lo realmente ofensivo y discriminatorio está en las actitudes tanto personales como sociales. La nueva ley se queda atrapada en lo inmediato, en lo verbal, en lo personal, en lo comunicacional. Se queda en penalizar todo aquello que se podría considerar como insulto u ofensa. Es legítimo pero insuficiente.

La ausencia de debate tanto en las instancias políticas como en las cámaras legislativas ha sido el principal óbice para que no se llegue a elaborar una ley en la perspectiva de un cambio radical y profundo de nuestro país. Han faltado la fundamentación, el debate y el diálogo y ahí tenemos los resultados.

No se podrán reducir y erradicar unos problemas tan graves como el “racismo” y la “discriminación” con una ley que se limita a condenar expresiones personales o comunicacionales socialmente ofensivas. (“El parto de los montes contra el racismo y la discriminación. Arturo Villanueva. PULSO n.574)

Es evidente que el racismo y la discriminación tienen raíces mucho más profundas y unas manifestaciones que afectan muy gravemente a toda la vida política, social y cultural del país. Penalizar a los infractores no es ni el mejor ni el único camino para enfrentar este difícil y enorme desafío nacional.

Hay que llegar a las raíces históricas, coloniales, culturales y sociales que son las que motivan, y hasta justifican, las más condenables expresiones racistas y discriminatorias que vemos tan presentes en nuestro medio. Ellas han creado una mentalidad de autoritarismo, de dominación y de enfrentamiento de unos sectores contra otros y de unas culturas y de unas regiones contra otras. El desprecio por lo indígena, por su cultura, por su lengua y por sus tradiciones es una de las manifestaciones más reprochables y, por desgracia, la más frecuente.

La gesta emancipadora de Bolivia no fue nacional ya que no liberó a la mayor parte de su población. Los sectores mayoritarios de las culturas autóctonas no sólo fueron marginados, sino talmente excluidos.

El Estado moderno plurinacional de Bolivia debe partir de la naturaleza pluricultural y plurilingüística de su población para llegar al cambio profundo y real que queremos. Lamentablemente, Bolivia se fundó, desde su nacimiento, en la cultura de la exclusión con dos características negativas: un larvado racismo y un absorbente centralismo.

Esa mentalidad ha seguido interiorizada en muchas de nuestras instituciones así como en el sistema educativo y en las propias reparticiones de nuestros Gobiernos, expresándose en actitudes de superioridad, de prestigio, de influencias, de dominación y de desprecio hacia los más humildes.

Hay que descolonizar la educación sin caer en actitudes impositivas y verticalistas. Se debe desarrollar una educación autónoma, de tal modo que cada alumno sea sujeto y protagonista de su propia formación, dentro de su propia cultura.

Sin embargo, vemos cómo el sistema escolar alienta y trasmite actitudes totalmente antidemocráticas. No está orientado hacia una auténtica educación, sino hacia la mera instrucción. De ahí que no desarrolle los valores éticos de la tolerancia, del diálogo, de la fraternidad, de la igualdad, de la solidaridad, de la convivencia, de la justicia social ni se preocupe de profundizar los valores culturales y el amor y la defensa de la naturaleza.

Si se quiere desterrar la mentalidad individualista, dominadora y colonial, hay que partir de un sistema educativo que forme en los verdaderos valores de la democracia y la ciudadanía.

La “democracia de los ciudadanos” necesita defender la “libertad de opinión” que, por cierto, va mucho más allá de la “libertad de prensa”. Los medios de comunicación, sobre todo la televisión, se han convertido, con demasiada frecuencia, en “medios de incomunicación y de alienación”. Hay que defender la libertad de prensa pero teniendo siempre presente la idea de que la auténtica libertad debe ser siempre expresión de lo que piensa el pueblo y de lo que el pueblo necesita. Quiere decir que no debe estar al servicio de una empresa, sino, mediante una empresa, al servicio del pueblo.

La ley especifica la penalización al derecho a la libre expresión en los medios de comunicación. No queremos entrar a analizar y juzgar ese problema pues es “el tema del día” y, ya sea a favor o en contra, todo el mundo habla de ello.

Personalmente, veo como una verdadera frustración que una ley tan importante quede reducida, ante la opinión pública, a una discusión y a una confrontación de tipo gremial. No queremos decir que esa discusión y confrontación no sean muy importantes y necesarias. Lo que queremos expresar es que en vez de llegar a ser una ley transcendental para el cambio profundo y real del país, se ha quedado reducida a una mera confrontación frente a dos artículos que, por cierto, son peligrosos, sobre todo, por su generalización. ¡Pueden ser usados con criterios vengativos y discriminadores en razón de una ley que quiere luchar en contra de la discriminación!

Un proyecto de descolonización, de erradicación del racismo y de todas las expresiones discriminatorias debe buscar la construcción de la verdadera identidad nacional, de ahí que no sea lógico que se quede en condenaciones de ciertas expresiones periodísticas o radiofónicas de tipo discriminatorio.

Tenemos una sociedad dividida por actitudes sectarias y excluyentes de carácter no sólo personal, sino, y sobre todo, de tipo colectivo, político, económico y social, junto a prácticas autoritarias, prebendas para el sometimiento, anulación del disenso.

Una de las principales tareas para impulsar el desarrollo de la identidad nacional es el de ir gestando una sociedad intercultural, dentro de la variedad y la riqueza cultural del país.

Daría la impresión de que han ido en aumento, en los últimos años, los “espacios de racismo” en nuestro país. Debemos optar por la “revolución del respeto” partiendo siempre de la idea básica de que todos somos iguales y todos tenemos los mismos derechos.

El autor es sacerdote


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