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Ed. Impresa REFLEXIONES URBANAS

Las causas de nuestro crecimiento urbano sin desarrollo

Por Humberto Solares - Columnista - 13/01/2011


La economía de Cochabamba desde los tiempos coloniales e incluso hasta la primera mitad del siglo XX siguió los ritmos que le marcó el devenir de la minería, dependiendo de sus auges y decadencias, los momentos de éxito y las crisis que caracterizaron el desarrollo de su agricultura cerealera, cuya fragilidad justamente se originaba en la dependencia de los avatares de esta economía extractiva y los límites de su mercado interno regional. Estas circunstancias hicieron que la antigua Villa de Oropesa conservara su carácter aldeano hasta bien avanzado el siglo XX y que el valor de su exuberante campiña se relacionara con la producción de granos y no con la urbanización.

Los grandes cambios que tienen lugar en la región a partir de 1952, no resolvieron los aspectos mencionados. La Reforma Agraria se limitó a expandir el universo de pequeños propietarios de minifundios que demostraron no ser las unidades productivas adecuadas para impulsar la modernización del agro, pero sí, instrumentos eficaces para preservar y profundizar la pobreza de los habitantes rurales e impulsar los torrentes migratorios que darán forma a la conurbación. En forma paralela, la industria regional no pudo sintonizar su dinámica a estas difíciles condiciones de evolución de la problemática agraria, y por tanto, no se situó en el horizonte de una pujante agroindustria que aprovechara con solvencia los recursos agrícolas del departamento.

Por último, el Estado convirtió a Cochabamba en “la periferia central” como sostenía, con total acierto Roberto Laserna, allá por 1984, al referirse a la condición de “polo de servicios” que le asignaba a Cochabamba el poder central en el contexto del conjunto de políticas estatales que materializaron el eje Altiplano-Oriente.

Entonces podríamos afirmar que los dos pilares que impulsaron el modelo de urbanización de Cochabamba, en la segunda mitad del siglo XX, fueron la crisis rural y el atraso industrial. Sus efectos fueron: Las migraciones campo-ciudad, la crisis del empleo urbano estable en los sectores productivos y el crecimiento incontenible del denominado sector informal urbano, seguido de otras secuelas como la crisis habitacional, la carencia endémica de servicios básicos, la especulación de la tierra urbana, las urbanizaciones espontáneas y la pérdida de la capacidad municipal para administrar una ciudad que se expande a mayor velocidad que los recursos que puede disponer el Municipio para atender sus necesidades más urgentes.

El producto que modelaron los factores antes anotados fue un asentamiento humano de escala metropolitana pero muy alejada de concepciones académicas o racionalidades planificadoras. Sin duda la contradicción principal de este proceso es que, al revés de los que sucede con fenómenos similares en otros contextos, esta expansión no es acompañada por una reorganización interna modificatoria de la estructura urbana tradicional. El viejo esquema colonial, con la plaza de armas y aledaños como los únicos centros gravitatorios de la ciudad, se mantiene como concepto. Lo único novedoso es que este centro se convierte, en uno bi-polar, al desdoblarse en dos componentes no armónicos: la tradicional Plaza 14 de Septiembre y su entorno que cobija lo esencial de la economía formal, el aparato institucional, las empresas públicas y privadas de respeto y en suma la vida urbana que se adhiere a los moldes occidentales de existencia, aunque en los últimos tiempos, todavía de forma incipiente, emerge una zona comercial hacia el norte. En el sur se despliega la Cancha, o sea, el epicentro de la economía informal que abarca un territorio en expansión colmatado por miles de pequeñas economías familiares y trabajadores por cuenta propia, definiendo una especie de colmena humana que no sólo se convierte en el medio propicio donde florecen infinitas maneras de sobrevivir, sino que al contrario del sector formal de la economía tiene capacidad de acogida sin signos de agotamiento para dar cabida a continuos torrentes migratorios.

En torno a este centro bipolar se emplazan dos versiones opuestas de ciudad: por el norte, este y oeste, el ya fatigante y monótono modelo de ciudad-jardín alterado desde hace algunos años por torres de departamentos que comienzan a darle un carácter moderno a la ciudad formal; en tanto por el amplio sur se despliegan barrios de emergencia donde la improvisación, la autoconstrucción y las autosoluciones urbanas marcan el estilo de la ciudad informal. Ambas ciudades se ignoran pero sus interacciones las hacen complementarias.

El resultado: Un modelo de urbanización de escaso valor productivo, o dicho de otro modo, un crecimiento urbano sin desarrollo que se mantendrá en tanto las matrices que lo originan no se modifiquen. Mientras tanto, ésta será una urbe donde el comercio concentrado, la vivienda dispersa y el transporte insufrible seguirán organizando la vida urbana en lugar de las lógicas que imponen los procesos productivos.

El autor es arquitecto e investigador urban


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