Columnistas

25 de octubre del 2014. Actualizado a las 17:51 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa OJO DE VIDRIO

La siringa boliviana

Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 22/01/2011


La editorial de El País, de Santa Cruz, editó el 2010 un ensayo de Óscar Tonelli Justiniano que titula “El caucho ignorado”, donde se cuenta la triste historia de la explotación de los indígenas caucheros durante el auge de la goma en Bolivia. Esta obra, que ganó el Premio Nacional Serrano de Investigación en Historia 2009, habla del tráfico de indígenas chiquitanos hacia las caucheras del Beni, el Acre y los estados de Matogrosso y Rondonia en Brasil, que se llamó “reenganche”. Registra las denuncias publicadas por La Estrella del Oriente y otros diarios, a fines del siglo XIX y principios del XX sobre las caravanas de cautivos sometidos al reenganche, que marchaban junto a sus familias a pie hasta el puerto fluvial, y de allí eran trasladados a las estradas de explotación del látex. Donde los seducían con alcohol y otros productos innecesarios que les proporcionaban a crédito las pulperías de la empresa para que jamás pudieran pagar sus deudas, y cuando el trabajador moría, las deudas pasaban a la viuda y los hijos, todo esto amparado por la llamada Ley de Deudas, por entonces vigente.

Así fueron exterminados los indígenas llamados bárbaros: los choris (sirionós, pausernas y saravecas), que habitaban la Chiquitanía hacía mil o más años hasta que los reclutaron a la fuerza para la siringa. Habían recibido exactamente el trato que en el Putumayo diezmó a siete tribus indígenas: huitotos, ocaimas, muynanes, nonuyas, andoques, rezígaros y boras, meros nombres que no retuvo la mentalidad colonialista incluso en tiempos republicanos.

La Ley de la Guasca había sido instituida por las reducciones jesuíticas y continuó durante la República, fijando la cantidad de azotes que debía recibir un infractor, que se medía en arrobas. Cada arroba constaba de 25 azotes con cola’e pejis de varios chorros. La víctima recibía hasta dos arrobas de azotes en la espalda desnuda, y luego se le echaba sal a las heridas y se la enviaba a un barracón donde permanecería en convalecencia por dos o tres semanas echado de barriga, comiendo y haciendo sus necesidades en esa posición. Esto cuando no eran condenados al cepo o cazados como animales silvestres. En Santa Cruz hay todavía la calle Beni, por donde partían los “reenganchados”, y el testimonio oral de un casero que puso un letrero ominoso: Calle Beni, por donde se va y no se vuelve.

Aun así, la siringa duró hasta que un científico y aventurero inglés, Henry Alexander Wickham, llevó de contrabando unas hijuelas de la planta de la goma, y prendieron en las colonias británicas del Asia –Singapur, Malasia, Java, Sumatra y Ceilán— dando por fin la era del caucho en Bolivia y en Perú.

¡Tremendo tema nacional que está esperando su Vargas Llosa! Porque el ensayo es una invitación para narrar las desventuras del Putumayo boliviano. Como se sabe, “El sueño del celta”, la novela reciente de Mario Vargas Llosa, es un alegato magistral contra el colonialismo, el neocolonialismo republicano y las barbaridades que cometió en el África, en Irlanda y en la región del Putumayo, Perú, con la explotación del caucho.


Últimas noticias

En Vídeo