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Racismo

Por Diego Ayo - Periodista Invitado - 1/06/2011


La anterior semana el presidente festejó el “día del racismo” en reconocimiento a los campesinos humillados en Sucre el 24 de mayo de 2008. Más allá de la elocuencia de los discursos presidenciales, cargados de una radicalidad capaz de solidificar las diferencias entre campo y ciudad, más que atenuarlas, es necesario ir más allá. Se precisa reflexionar sobre los aspectos que debe afrontarse cuando se habla de racismo. En este breve artículo presento ocho tesis que muestran la complejidad de este fenómeno.

Tesis 1: el racismo es la mayor y más duradera ideología boliviana, capaz de unir a socialistas, liberales, indigenistas, cristianos y demás credos políticos y religiosos, en todas las regiones del país y en los distintos tiempos históricos de nuestra realidad desde el racismo aniquilacionista (hasta antes de la Revolución del 52), pasando por el racismo asimilacionista (de 1952 a 1985) hasta arribar en el racismo diferencial (1985 en adelante) que pondera lo diverso, y que separa antes que lo que une.

¿Qué pasó en este último periodo? Pues predomina una lógica de acentuar lo que nos divide antes que lo que nos une.

Tesis 2: el racismo es un fenómeno de discriminación que forma parte de una maquinaria mayor de subordinación integral étnica, social y regional. A la contradicción étnica –q´aras versus t´aras– se pliega la contradicción clasista –pobres versus ricos–, tanto como la contradicción regional –cambas versus collas–, que en conjunto delinean el fenómeno de la colonización histórica del país. ¿Se comprende así la cosa? No lo creo. Ni siquiera los bonos pueden entrar en esta categoría. Una adecuada lucha a favor de los discriminados focalizaría más estos bonos, evitando malgastarlos en sectores de la población (generalmente los menos indígenas) que no dependen de estas políticas.

Tesis 3: la supremacía criolla no obedece a motivos de orden racial –la raza “blanca”, como una raza superior–, sino a un conjunto de elementos de índole militar, económica, política y cultural, que va desde el monopolio de la fuerza pública (lado coercitivo) hasta el manejo, igualmente monopólico, de aquellos elementos de legitimación, vitales para asegurar la reproducción del poder: la educación, la religión, los medios de comunicación, las instituciones estatales, la burocracias y la empresa (privada o pública). ¿Se hace algo al respecto? Al parecer sí (por ejemplo, se tiende a “indigenizar” a las fuerzas armadas), aunque los resultados se verán recién en el mediano plazo (¿15 años?)

Tesis 4: el mestizaje no es el remedio para superar el racismo, aunque tradicionalmente haya sido percibido como el punto de encuentro entre las diferencias étnicas, culturales y pigmentocráticas nacionales. La realidad, por el contrario, ha reconstruido dualidades discriminatorias (indio versus no indio) permanentemente en cualquier estrato social en lo que ha constituido el establecimiento de múltiples eslabones discriminatorios donde, independientemente del color del ciudadano, se tiene siempre un “blanco” por encima a quien someterse y un “indio” por debajo a quien dominar. ¿Se hace algo? Sí, definitivamente la noción de plurinacionalidad atenúa esta lógica asimilacionista.

Tesis 5: el racismo no es un fenómeno voluntarista, propio del razonamiento y comportamiento perversos de una élite blancoide privilegiada. El problema, por lo tanto, no obedece a la mala predisposición de un grupo étnico en particular (el criollo) capaz de someter a otro grupo étnico, o a otros (auto)percibido(s) como víctima(s), sino a la presencia de estructuras institucionales que condicionan estas actitudes en los diversos grupos étnicos existentes, deviniendo en un sistema racista multidireccional (y no unidireccional de determinado grupo hacia otros). ¿Se entiende así? No, definitivamente no. Al presente predomina una “política de piel” que enfrenta blancos contra no blancos.

Tesis 6: el racismo no puede ser eliminado, pero si puede ser combatido y, por ende, regulado. Para el logro de este propósito es una condición sine qua non el establecimiento de incentivos normativos y procedimentales a la adopción de comportamientos no racistas, que van desde aquellos incentivos positivos (reconocimiento de los derechos colectivos de los grupos étnicos tradicionalmente sometidos) hasta aquellos incentivos negativos (penas monetarias para aquel ciudadano que incurra en delitos tipificados como racistas). ¿Hay avances? Sí, la Ley Contra el Racismo, aunque es muy prematuro evaluar su aplicación.

Tesis 7: el racismo tiende a exacerbarse o diluirse de acuerdo al sistema político imperante. Una democracia que se rige por criterios de mayoría (“la mayoría manda”) impone sus objetivos sobre la o las minorías, terminando por dibujar un panorama político dual: ellos contra nosotros, además de agregarle un cariz valorativo a esta polarización de partida, que asocia a “ellos” con las categorías de blanco, criollos y/o khara; y a “nosotros” con las categorías de mestizo, cholo e indígena. Diferente resulta una plataforma democrática consociativa o de “poder compartido”, que incentiva el establecimiento de pactos entre los diferentes (ese “ellos” con el “nosotros”). ¿Se entiende así? No, seguro que no. Por el contrario, se tiende a consolidar esa democracia de mayoría.

Tesis 8: La interculturalidad es el mecanismo de superación (o amenguamiento del racismo), en tanto supone y propone la posibilidad de trascender el mero reconocimiento de las diversas naciones (algo destacable, pero que alienta el racismo diferencial) para pasar a establecer mecanismos de deliberación entre las mismas y los ciudadanos bolivianos. La interculturalidad no es una simple palabra, sino es tanto un mecanismo de acercamiento de los diferentes entre sí, como un modelo prescriptivo (deseable) de llegada de la bolivianidad plurinacional. ¿Vamos hacia ello? Lo dudo. La interculturalidad es aun el mayor desafío.
 
El autor es profesor de la UMSA.


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