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Viajar y vivir

Por Francesco Zaratti - Periodista Invitado - 9/07/2011


…más que de un viaje placentero, se trata de gozar de la vida como un viaje: un viaje en el tiempo, en situaciones que cambian y se construyen a partir del pasado en pos de un futuro que nos desafía. Viaje en el espacio, de un lugar a otro del planeta, o del país o de la ciudad. Pero, principalmente, viaje a través de las personas, las que amamos y las que no conocíamos

A veces pienso que el deseo de viajar es, al igual que otros apetitos, un indicador de la edad de una persona: cuanto más se envejece, más se aprecia el hogar. Sin embargo, hay viajes y viajes. Viajes de placer como es, a decir de un amigo, el acompañar la suegra al aeropuerto; o viajes de escape de las propias alienaciones. Ya lo dijo Lao Tsé: “más lejos se va, menos se aprende”.

Cuando viajo solo suelo distraerme mirando a los demás pasajeros y fantaseando acerca de los motivos de su viaje, a partir de cómo están vestidos o se comportan. Nunca sabré si he acertado o no con la señora triste que, creo, espera llegar a tiempo al entierro de su madre, o del joven que regresa a su país lleno de esperanzas con un título profesional a cuestas, o de la pareja que vivirá una fugaz aventura durante el viaje “de trabajo” arreglado hace meses.

Con la edad he descubierto, como seguramente algunos de mis lectores, que no amo viajar solo, como no gusto comer en solitario, ni leer un buen libro o tomar un buen vino sin compartirlos. Tampoco soy la persona que emprende una conversación, a veces frustrante, con el vecino de asiento: “--Hi, my name is John. -- Mine isn’t!” y punto final. Prefiero leer o meditar, respetuoso, como suelo ser, de la privacidad de los otros y celoso de la mía. Por eso admiro una rara clase de personas, mujeres con más frecuencia, que tienen el don de inducir a los ocasionales vecinos de asiento a confiar y a conversar hasta de los temas más personales e íntimos, como si se conocieran desde años. Su secreto es la singular capacidad de escuchar que, de manera misteriosa, pero real, es captada por el interlocutor, el cual le abre su boca y su corazón espontáneamente. Conozco algunos de esos seres carismáticos que tienen la virtud, además, de enseñar la relatividad del tiempo mejor que el mismo Einstein: un vuelo de varias horas parece durar minutos; el recuerdo de la comida y bebida durante la charla se pierde en los niveles más profundos de la memoria, dejando a uno sumergido en una paz liberadora.

Los seres humanos necesitamos amigos y tiempo para disfrutarlos. Sin embargo la vida moderna, dominada por los “negocios”, nos priva, cada vez más, de tiempo para ese “ocio”, que es comida para el alma. Una oportunidad, eventualmente, está en los intervalos de tiempo de los desplazamientos en avión, bus, coche o tren, especialmente cuando esos viajes permiten otros viajes interiores. Son oportunidades, si se sabe aprovecharlas y si se dan las circunstancias, para alimentar el alma y reordenar temas y episodios dispersos nostálgicamente en nuestra vida.

En fin, más que de un viaje placentero, se trata de gozar de la vida como un viaje: un viaje en el tiempo, en situaciones que cambian y se construyen a partir del pasado en pos de un futuro que nos desafía. Viaje en el espacio, de un lugar a otro del planeta, o del país o de la ciudad. Pero, principalmente, viaje a través de las personas, las que amamos y las que no conocíamos; las que el Señor pone en nuestro camino, dentro de un plan cuyos detalles desconocemos, pero cuyo fin no puede ser otro que nuestra realización física, psíquica y espiritual, como sólo quedará claro en la última parada de ese viaje único.

El autor es físico

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