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Las jitanjáforas

Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 23/07/2011


Un libro de grata recordación es “La experiencia literaria”, del maestro mexicano Alfonso Reyes; en particular el capítulo destinado a un género no clasificado hasta entonces: las jitanjáforas. Son esas expresiones caprichosas, aparentemente sin significado, que abundan, por ejemplo, en los versos infantiles y en la relación de las madres con sus bebés. Recuerdo que mi madre les decía a sus nietos: Síquimi Nocon Pecos, Síquimi, Nocon Pecos, y era sólo una expresión de cariño, como el arrullo quechua Pascananita, que canta Luzmila Carpio.

¿De dónde salió el nombre? Pues de un juego del poeta y diplomático cubano Mariano Brull, recitado por sus hijas en una reunión: “Filiflama alabe cundre/ Ala alalúnea alífera/ Alveola jitanjáfora/ Liris balumba salífera…”

“Escogiendo la palabra más fragante de aquel racimo –cuenta Alfonso Reyes en su ensayo–Las jitanjáforas–, di desde entonces en llamar las jitanjáforas a las niñas de Mariano Brull. Y ahora se me ocurre extender el término a todo este género de poema o fórmula verbal. Todos, a sabiendas o no, llevamos una jitanjáfora escondida como alondra en el pecho”. Luego Reyes las divide entre puras, candorosas –los juegos, corros y abracadabras del habla popular– y conscientemente alocadas, maliciosas e impuras, refiriéndose a las que acuñan los letrados, hermanas de otros géneros que juegan con el sinsentido y nos entregan la chispa de lo oculto y lo misterioso, las resonancias de aquella parte que habita detrás del espejo, como el calambour francés y el non-sense inglés, uno de cuyos principales heraldos sería Lewis Carroll. O como el misterioso pape, pape, pape satán aleppe de Dante Alighieri: “Pedacería de frases que no parecen de este mundo o meros impulsos rítmicos, necesidad de oír ciertos ruidos y pausas, anatomía interna del poema”, dice don Alfonso, de la que, cuenta, incluso Cervantes da una muestra en El trato de Argel: “Rápida, Ronca, Rum, Raspe, Riforme,/ Gandulandín, Clifet, Pantasilonte/ Ladrante tragadero, falso triforme, / Herbárico pestífero del monte…”

José Lezama Lima tiene un verso que yo suelo repetir como aro de cueca, para estupor de mis escuchas. Dice: Ahincadas o labiándose, por el monte o el mar, trocar trocadero anapestos trocaico se deciden. No sé si será, pero suena a jitanjáfora, como esa exclamación mexicana que suele repetir Coco Manto: ¡Hazme fabrón, cabor! O como esta definición aliterada: Un cutierbo es la combinación de un tenedor, una curacha y un cullicho.

He intentado jugar como Reyes y me salió una muestra penosa que, de todas formas, quiero compartir con el culto lector: Rolveván las osrucas logondrinas / Ne tu calbón sus dinos a golcar,/ y, orta vez, noc el ala a sus triscales / gudanjo mallarán; / pero allecas que el luevo freneraban / tu hermorusa y mi chida al tomplencar,/ allecas que adenprieron tuesnos bromnes... / ésas... ¡no rolveván!

Adolfo Castañón ha escrito El libro de las jitanjáforas (Bonilla Artigas Editores, 2011), que ha sido calificado como una enciclopedia del género, que incluye las jitanjáforas escritas por Reyes con otros cultores, entre ellos un falso Dante Alighieri, Jaime Torres Bodet y Xavier Villaurrutia. Me ha parecido acertado incluir los dichos de las barras, llamadas en México porras deportivas, como “Goya, goya, cachún cachún, ra, ra” o “A la bío, a la bao, a la bin, bon, ban”.


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