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El mito del progreso

Por Yuri F. Torrez - Columnista - 26/08/2011


El entrañable pintor español Goya en su lienzo El sueño de la razón produce monstruos donde se escenifican los horrores que produce el proyecto de la modernidad. Una de las aristas perversas de este proyecto civilizador se evidencia con la crisis ambiental en curso amén de haber privilegiado a la razón como la senda para alcanzar la felicidad anhelada. Esta sujeción de la naturaleza en nombre del progreso y por su política extractiva son muestras inequívocas de la gestación de esta narrativa moderna (cristiana, marxista, capitalista) con el propósito explícito de legitimar el dominio sobre la naturaleza en función de satisfacer las necesidades del ser humano.

Para el mundo occidental, el mito de la modernidad es la idea de progreso, asumida como el sendero por el cual se iba a conseguir la felicidad humana, sea a través del capitalismo perfecto o, en su defecto, por la vía del paraíso comunista. Ni uno ni otro. La crisis de esos metarrelatos dio origen a un debate no solo académico, sino, sobre todo político en torno al mentado “progreso”, es decir, la noción lineal temporal propuesta por la modernidad que en su punto final permitiría lograr el desarrollo social anhelado. No es casual, por lo tanto, que esta interpelación política a las nociones constitutivas de la modernidad hoy sea protagonizada por los indígenas de las tierras bajas a propósito de su caminata oponiéndose a la construcción de la segunda fase de la carretera Villa Tunari- San Ignacio de Moxos que atravesaría el Territorio Indígena Isiboro Sécure (Tipnis).

En este sentido, surgen preguntas paradojales: ¿Cómo alcanzar los patrones de consumo y bienestar material que han alcanzado los países “desarrollados” si, al mismo tiempo, sacrificamos nuestros recursos naturales y nuestra biodiversidad?, ¿Seremos realmente felices si alcanzamos esa riqueza material anhelada? Parece que la infelicidad humana se debate en un péndulo: por un lado, la extrema pobreza que hace que los habitantes de esos países subdesarrollados, es el caso boliviano, vivan en condiciones infrahumanas y, por el otro, el exceso de riqueza material de los países que no alcanzaron el supuesto “progreso material” está originando, incomprensiblemente una pérdida de valores.

Al parecer, el trasfondo del debate en torno al Tipnis se localiza en esta disyuntiva y de allí emergen las diferentes (cosmo) visiones. Por una parte, la de los indígenas del Tipnis abogando la necesidad de precautelar la biodiversidad y, por otro lado, el Gobierno que urde el discurso del “desarrollo” reproduciendo ese discurso del capitalismo y del socialismo ya que ambas apuestas son muy parecidas: industrialización, conquista espacial, industria militar. etc. Inclusive el propio Lenin decía: "el comunismo es socialismo más electricidad".

En todo caso, este mito de la modernidad no sólo es un mal (y exagerado) plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos; sino es la constatación que el paradigma extractivo de la modernidad está en crisis. Mientras se agota la fantasmagórica historia imaginada por Hegel, los indígenas del Tipnis están marchando con un grito de alerta denunciando la crisis el modelo civilizatorio de la modernidad a pesar que al parecer el Gobierno deja de lado su discurso en “torno a la Madre Tierra” y el mismo se reduce a una mera instrumentalización política para embarcarse en el tren de la historia (o del mito) del progreso.
 
El autor es sociólogo


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