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Inseguridad política

Por Oscar Peña Franco - Columnista - 19/11/2011


En estos tiempos de inseguridad ciudadana porque vivimos dramáticamente y con justificado temor al porvenir que se nos viene encima con la fuerza destructora de la delincuencia y las pandillas, estamos prestando menos atención a la otra inseguridad que nos amenaza.

No es infundada la preocupación de todos ante la inseguridad ciudadana que, como están las cosas, puede desviarse por vericuetos vedados por la ley pero dispensados por las circunstancias, como el que empiezan a tomar los vecinos que se organizan y se arman para repeler a los agresores.

La otra, tan temible como la anterior, es la inseguridad política. No está, como aquella, en las calles ni penetra con violencia en nuestros domicilios amenazando vidas y bienes. La encontramos en las instituciones donde se ejerce el poder de los que están arriba y el querer poder de los que están abajo. La lucha es acerba. Los recursos utilizados, moralmente inhibitorios. Los resultados, tristes. Esta inseguridad se encuentra, sobre todo, en los partidos políticos, en sus dirigentes, sus caudillos, en su estilo peculiar y poco recomendable de cumplir el rol que les está asignado dentro de la sociedad. Hagamos el repaso de algunas de sus características.

Un Gobierno experto en cometer errores de los que luego se arrepiente y trata de corregirlos más allá del reloj, y una oposición diestra en el aprovechamiento de esos errores en beneficio de sus objetivos e intereses, con olvido de los objetivos e intereses de la nación.

Un Gobierno que no supo cultivar y trató con arrogancia a sus antiguos aliados, sean partidos o individualidades, y unos exaliados del Gobierno que han olvidado con pasmosa facilidad la cuota de responsabilidad que les corresponde en las políticas y las acciones gubernamentales que ahora trucidan con alborozo. Amnesia de conveniencia en este último caso. Inmadurez y orgullo en el ejercicio de la gestión política, en el anterior. Juntos logran que sus voces retumben ensordecedoras en el torneo fatuo de las recriminaciones. Y que el sistema democrático sufra fuertes lesiones.

La inseguridad política obstruye el camino de la democracia con irreductibles promontorios de piedra extraída de las canteras de la intransigencia y bloquea “hasta las últimas consecuencias” la construcción de acuerdos de utilidad colectiva.

Decreta la parálisis general e indefinida de la nación en nombre de una mentirosa preocupación por los intereses generales. Lo hace el Gobierno con medidas atolondradas y declaraciones banales que tienen efecto de búmeran. Lo hace la oposición con su discurso de eternidad electoral que no genera propuestas alternativas, como si la imaginación se le agotara en la estrategia de la dañinera.

Al final, habremos de convenir en que la inseguridad política es más de temer que la inseguridad ciudadana. Se puede luchar contra esta última con acciones adecuadas –haciéndole frente a la pobreza en primerísimo lugar-- y cambiando todo lo que sea necesario cambiar. Lo que no se puede es cambiar de golpe y porrazo a los políticos responsables de la inseguridad.

O sea que…

El autor es periodista


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