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“San Ignacio”, la ópera perdida

Por Ruddy Orellana V. - Columnista - 4/02/2012


"El Nuevo Mundo es nuestra patria, su historia es la nuestra, y en ella es que debemos examinar nuestra situación presente, para determinarnos por ella a tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios… Nuestra historia de tres siglos acá… se podría reducir a estas cuatro palabras: ingratitud, injusticia, servidumbre y desolación".

Estas magníficas y extraordinarias palabras corresponden a Juan Pablo de Viscardo y Guzmán, un jesuita que vio la luz de la existencia en Arequipa y quien, estando exiliado en Londres, pudo difundir con total convicción, no sólo cultural, sino también histórica, cuando el Nuevo Mundo apenas comenzaba a reinventarse en 1792 luego del tercer centenario del descubrimiento de Colón.

Corría el año 1767. Tras una peregrinación fructífera por dar al prójimo toda la vitalidad que fuere posible, la Compañía de Jesús parecía encontrarse en una de sus crisis más agudas a lo largo de su historia. Según el escritor Carlos Fuentes, "El invento externo y sensacional que precipitó el creciente sentimiento de identidad a lo largo de la América española fue la trascendental decisión monárquica de expulsar a los jesuitas de España y de sus colonias".

La corona y la expulsión. El rey Carlos III de España había decidido, sin reparo, acusar a la Compañía de Jesús de haber sido instigadores para que se originaran los motines de Squillace el Domingo de Ramos de 1767, año en que se decidió expulsar a los jesuitas de todos sus territorios. Sea cual fuere el motivo fundamental para esa expulsión, lo cierto es que esa medida tan abrupta tomada por la monarquía tuvo un efecto contraproducente, esto significaba, para los ojos del Nuevo Mundo, una alentadora visión filantrópica y de enseñanza para la Compañía de Jesús, es decir, que en términos de conocimiento, si bien la monarquía había sido autora de una gran reforma para promover los estudios científicos, los jesuitas ya habían hecho realidad esta enseñanza en el Nuevo Mundo, más aún, se habían desligado de ese hábito tan ortodoxo de la escolástica para fundar su labor en un universalismo práctico que llegó a arrebatar los postulados fundamentales de los tomistas que, entre otras cosas, habían dominado el pensamiento político a través de postulados  de Santo Tomás de Aquino.

Una obra maestra en memoria de San Ignacio. La transición histórica y vigorosa de las misiones jesuíticas que actualmente se puede contemplar en distintas zonas geográficas en la parte sur del mundo; desde Paraguay, Argentina, hasta el territorio boliviano, está iluminada por legados artísticos que al son de cánticos indígenas se fueron unificando para formar una sola energía cultural, desde la arquitectura y música de San Ignacio de Moxos, en Bolivia, hasta las manifestaciones musicales de los indígenas paraguayos que todavía están presentes en ritmos musical y en instrumentos como la guitarra y el arpa.

Hace casi 300 años, a principios del siglo XVIII, un desconocido jesuita español destinado en las  misiones de la selva boliviana escribió el libreto de una ópera dedicada a glosar el ardoroso combate que  Ignacio de Loyola libró contra la duda que arrebataba su fe religiosa y a describir la dolorosa separación de su fiel compañero Francisco de Javier. Otros dos misioneros de la Compañía de Jesús, el italiano  Doménico Zipoli y el suizo Martin Schmid, enviados igualmente a lo que se conoció como la República  Jesuita de Paraguay, compusieron más tarde la música de esta obra dramática, verdadera joya del arte  sacro amazónico, que hace varios años fue estrenada en París. La ópera fue descubierta a principios de los 90, y desde entonces se ha representado en varios países con total éxito.

 La ópera, escrita a mayor gloria del fundador de la Compañía de Jesús, sobrevivió igualmente a los insectos, a las condiciones ambientales y al pillaje que arruinó buena parte de las antiguas partituras  musicales de la región. Dos copias fueron encontradas en los archivos de Chiquitos y en la misión de San Ignacio de Moxos en Bolivia y exhumadas a principios de los años 90.

Esta ópera es, en la actualidad, una de las más importantes pruebas para afirmar con seguridad que los indígenas convivían armónicamente con la música, no sólo eso, sino que su formación en la música trastocaba el talento y la manera primitiva de tocar los instrumentos, de hecho, "Ignacio" es el libreto de una ópera que demuestra una importancia fundamental y definitiva en esa tarea misionera de la Compañía de Jesús.

Hace algunos años, "Ignacio" fue presentada en París con el mismo éxito con el que se entregó en distintas ciudades de Europa. La calidad depurada y la sutileza infinita, hicieron que esta composición hable por sí sola de las pasiones, las nostalgias misioneras y su relación con los indígenas.
 
El autor es escritor

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