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¿Miedo a la muerte?
Por Víctor Córcova Herrero - Columnista - 4/02/2012
El cáncer da pánico. Es una de las principales causas de mortalidad en todo el mundo. La OMS calcula que, de no mediar intervención alguna, 84 millones de personas morirán de cáncer entre 2005 y 2015. Cada 4 de febrero, la citada Organización Mundial de la Salud apoya a la Unión Internacional contra el Cáncer y promueve medios para aliviar la carga mundial de la enfermedad. La prevención del cáncer y el aumento de la calidad de vida del enfermo son temas recurrentes. A mí se me ocurre este artículo, pensando en unas reflexivas palabras del poeta y prosista español Antonio Machado, que dijo sobre la muerte que “es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Quizás haya que temer más a la vida que al fin de la vida.
A pesar del espanto que injerta el cáncer en la atmósfera de la vida, siempre hay algo que lo ahuyenta, y es el amor. De lo único que hemos de tener miedo es del propio miedo que nos incrustemos unos a otros. Los profesionales de la medicina, cuando lo son en verdad vocacionales de la salud, preparan al enfermo incurable para la muerte.
En cualquier caso, como dijo el dramaturgo y poeta español Pedro Calderón de la Barca, “la muerte siempre es temprana y no perdona a ninguno”. Por tanto, la calidad humana de una sociedad se determina esencialmente en su relación con el que sufre.
Una sociedad que no consigue aceptar y dar compañía a los que sufren ha perdido su sentido de humanidad. Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior, y observas que todo se inmortaliza en el recuerdo.
El recuerdo que deja un ser humano es más importante que la vida misma. A medida que abraces tu sufrimiento, abrazarás el dolor del mundo, y encontrarás en medio de la amargura la paz interior e incluso la alegría espiritual, que tanto buscamos. Yo mismo lo he experimentado en los pasados meses a causa de una parada cardiaca, y en la que ha sido muy importante mi creencia, pero también la relación entre el personal sanitario y servidor como paciente. A mi juicio, ahí radica parte del éxito, en una auténtica alianza terapéutica con el enfermo, que no sólo quiere ser tratado con benevolencia, sino también escuchado.
Pienso que es vital humanizar la medicina y que el enfermo pueda percibir que está presente en el corazón del médico que lo cura.
En presencia de sufrimientos atroces nos quedamos sin palabras. El silencio, los gestos de ternura y de consuelo, una mirada sonriente, pueden hacer más que muchas medicinas.
Por eso, con motivo de este Día Internacional contra el Cáncer, deseo animar a los docentes para que reflexionen sobre este tema con sus alumnos. Sin duda, hace falta más valor para sufrir que para morir. La unidad y la unión de todos por ofrecer esperanza de vida frente al terrible cáncer, merece el mayor reconocimiento, mientras que el número de pacientes con cáncer aumenta dramáticamente, y los recursos y equipos son muy limitados.
El autor es escritor | corcoba@telefonica.net
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