Ed. Impresa OJO DE VIDRIO
A mi amigo Julio Mantilla
Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 7/02/2012
Me encontré por casualidad con mi viejo y dilecto amigo Julio Mantilla Cuéllar, ex alcalde de La Paz y decano en la UMSA, hoy residente en Sipe Sipe. Era una estancia a la cual ingresaban de continuo jóvenes enfermeras y Julio les decía: ¿No saben quién es? Es Rocha Monroy.
Las chicas ponían cara de ayuno y Julio les aclaraba: Le dicen Ojo de Vidrio. Peor: ahora sí que las chicas estaban despistadas. Entonces opté por decirles quién era: Soy campeón de lucha libre, les dije tratando de medir su asombro. Una de las chicas abrió los ojos: No me diga. ¿De veras es usted luchador? Sí, le dije, Ojo de Vidrio es mi chapa de luchador.
Me miró ambos ojos con curiosidad y me preguntó: ¿Acaso tiene ojo de vidrio? No, lo que pasa es que me presento con máscara, ¿usted me entiende?, máscara contra cabellera, y mi nombre artístico es ese.
A poco la muchacha vino con un médico joven que quería saber si yo efectivamente era luchador. Le dije que sí, que había sido campeón nacional, y me preguntó si me sabía la Huracarrana.
Es una llave muy complicada, inventada por un gran artista del ring, cuyo nombre de lucha era Huracán Ramírez. Se llamaba Daniel García Arteaga, y sólo su extrema agilidad le permitió tejer semejante filigrana para someter al rival. Todo eso le conté al médico joven y sentí que me miraba con otros ojos: Pero ¿qué hace usted en la universidad? Doy clases de defensa personal, le dije.
Creo que midió mis músculos para cerciorarse si era cierto lo que decía, y entonces le aclaré que, por cierto, la amistad entre luchadores y médicos era un fenómeno muy antiguo en México, que databa de los orígenes mismos de la lucha en el país azteca. Ocurre que la Facultad de Medicina tenía gimnasios muy concurridos, y que allí compartían luchadores con jóvenes médicos, al punto que algunos de ellos fueron ambas cosas o desarrollaron especialidades para atender el noble deporte de las caídas.
Con eso, el joven médico se dio por satisfecho: su meta en la vida era especializarse en México, y allí se daría modos para conocer también el mundo de la lucha.
Nos quedamos solos con Julio Mantilla y reímos un largo rato. Hermoso país en el cual uno puede mantener el anonimato incluso en su propia ciudad.
La lucha libre es un deporte que deja secuelas. Cada dolor del cuerpo remite a una fecha, un enfrentamiento, un desafío, una fractura, una luxación, una sacudida extrema. Un gran luchador, entre muchos, murió con los riñones deshechos porque las caídas a la lona no habían sido en vano.
¿Cuántas caídas en la lona hemos tenido, querido Julio Mantilla? Cientos, y sin haber pisado un ring. ¿Cuántas pateaduras recibimos de los esbirros de turno? Pero más golpes da la vida, como dicen el tango y el bolero, y el secreto está en levantarse antes de que la cuenta llegue a tres y seguir peleando, un round tras el otro, aun sin resuello, para que no acabe el combate por nocaut, menos por nocaut técnico, para aguantar a la Ñatita los 15 rounds y luego irnos a la ducha y entonces sí esperar lo que Dios disponga.
Estamos vivos, querido Julio, y eso es lo que importa.
El autor es Cronista de Cochabamba
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