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Enfermitos

Por Juan José Toro Montoya - Columnista - 9/02/2012


Pese a la claridad del Código Penal y la de Protección a las Víctimas de Delitos Contra la Libertad Sexual, estos vándalos con tinúan actuando impunemente en las calles potosinas y tocan a su antojo a las mujeres, sin distinción de edad, con el pretexto
del Carnaval

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a esta última —a la salud— como el “estado de completo bienestar físico, mental y social; y no solamente la ausencia de enfermedad”. En contrapartida, la enfermedad es la “alteración estructural o funcional que afecta negativamente al estado de bienestar”.

Desde esos parámetros, las únicas personas que podrían considerarse sanas son aquellas que, además de no tener ningún tipo de afección física, están felices pues no tienen preocupación alguna y, por lo tanto, sienten bienestar mental y social.

Grave… Si aplicáramos estrictamente las definiciones de la OMS, llegaremos a la triste conclusión de que todos o, por decir menos, la mayoría de los seres humanos estamos enfermos.

Pero no seamos tan radicales y quedémonos con las definiciones del diccionario. El de la Real Academia Española dice que enfermedad es “alteración más o menos grave de la salud” y “pasión dañosa o alteración en lo moral o espiritual”.

Dejando las cosas ahí, vea un poco lo que ocurre en Potosí en estos días previos al Carnaval:

Grupos de jóvenes se apostan en lugares estratégicos de la ciudad a esperar que por allí pasen mujeres a las cuales se dedican a mojar, generalmente estallándoles en la humanidad sendos globos cargados con agua.

Y aunque cualquier acción que va en contra del consentimiento de una persona puede considerarse violencia, los globazos no son la parte seria del asunto sino la actitud de los mojadores que, no conformes con desparramar agua en la humanidad de sus víctimas, además se acercan a estas para asegurarse de que el globo estalle en sus cuerpos. ¿Cómo lo hacen?... apretándolo en sus cuerpos y, al hacerlo, los tocan sin consentimiento.

Los mayores excesos ocurrieron el pasado domingo al mediodía y coincidieron con el cierre del Carnaval Minero.

Jovencitos en estado de ebriedad se apostaron en el centro de la ciudad y no sólo mojaron a sus víctimas sino que las manosearon de la manera más brutal y descarada. No faltó algún transeúnte que intentó defender a alguna de ellas y se ganó los golpes de los mojadores.

Cualquier abogado podría identificar algunos tipos penales en esa actitud pero la Jefatura de Género y Generacional de la Alcaldía de Potosí mencionó uno, el “abuso deshonesto”, tipificado en el artículo 312 del Código Penal que sanciona con cárcel de uno a 20 años a quien “realizare actos libidinosos no constitutivos del acceso carnal”.

Pero aunque la ley es sabia y prevé situaciones como las descritas, no existe autoridad, por lo menos en Potosí, que las aplique y sancione a los infractores.

Pese a la claridad del Código Penal y la de Protección a las Víctimas de Delitos Contra la Libertad Sexual, estos vándalos continúan actuando impunemente en las calles potosinas y tocan a su antojo a las mujeres, sin distinción de edad, con el pretexto del Carnaval que, como el calendario amerita, todavía no está con nosotros.

Lo hacen en Potosí, una ciudad con temperaturas generalmente bajas y en la que el agua es fría y fácilmente podría causar enfermedades en las personas que son mojadas sin su consentimiento.

Entonces hay riesgo de enfermedad y quienes lo promueven son enfermos, gente que siente una “pasión dañosa o alteración en lo moral o espiritual” que les motiva a tocar con violencia el cuerpo de las mujeres.

Y todo esto pasa en las mismísimas narices de las autoridades potosinas. ¿No será que en esa desidia y permisividad también hay algo de enfermedad?
 
El autor es periodista

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