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En torno a Frida y Diego
Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 9/02/2012
No escribo “en torno” por decir un lugar común, sino porque ésta no es una reflexión crítica sobre la obra de Frida Kahlo sino alrededor de ella, sobre las circunstancias que rodean su éxito mundial. No es una nota sobre Frida sino sobre su esposo, Diego Rivera, uno de los tres grandes muralistas mexicanos, pero, sobre todo, un personaje pintoresco y polémico.
Debe haber al menos 50 biografías y muchos más estudios críticos sobre Frida Kahlo y su obra y, al menos, tres películas inolvidables: una mexicana, con la adorable Ofelia Medina y Juan José Gurrola, dirigida por Paul Leduc (1984), y la otra internacional, protagonizada por Salma Hayek y Alfred Molina (2003), y otra del mismo año dirigida por Jesús Muñoz Delgado con la voz de Andrea Ferrari.
El prestigio de Frida y de su pintura ha llegado al delirio. Cuando me tocó volver de México, por supuesto que me traje unos tremendos posters con sus autorretratos, que hoy figuran en un sitio de honor. Conocí la casa en que vivió en Coyoacán, los objetos que la rodearon y los originales de su pintura. Recuerdo su biografía al derecho y al revés y hasta puedo participar en una discusión sobre estos detalles con cierta solvencia.
En contraste, de Diego Rivera sólo recuerdo la magnitud de su obra que se exhibe en el Palacio del Zócalo, en el DF, algo de su pintura en caballete, su condición de jefe del Partido Comunista Mexicano y su fama de mentiroso de prodigio, que alababan André Breton y los poetas surrealistas y alcanzó el frenesí cuando confesó que había comido carne humana. No he encontrado, en cambio, una biografía suya, no hay una película sobre su vigorosa personalidad, pues en las tres biografías fílmicas de Frida es un personaje secundario.
La revolución mexicana parió tres grandes muralistas: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Hay algunos más, pero ellos son emblemáticos. Los unía la convicción de que la pintura de caballete estaba destinada a ocultarse en los salones de la burguesía, y por eso había que pintar grandes murales para el pueblo, para su exhibición pública y gratuita.
De los tres sólo hay, que yo sepa, la autobiografía de Siqueiros, un libro maravilloso que titula “Me llamaban el Coronelazo”, que en realidad lo escribió el entonces joven periodista Julio Scherer García, cuando entrevistó a Siqueiros en su celda de la cárcel de Lecumberri. El apodo de Coronelazo se lo pusieron cuando combatió como miliciano voluntario en la Guerra Civil española, por supuesto que al lado republicano. De Orozco, nada conozco.
Un último elemento: veo los posters de Frida Kahlo, que son magníficos en su color y sus dimensiones, y entonces recuerdo los originales, que son más bien pequeños. No se le podía exigir más a alguien que pintaba postrada en su lecho y en materiales heterodoxos. Yo diría que su pintura se acerca a la frescura y la espontaneidad de los exvotos que coleccionaba por centenares y que narran los milagros más diversos en una iconografía que Frida trató de reproducir en algunos de sus cuadros. Es evidente que su obra no tiene la magnitud de la obra de Diego Rivera.
¿Por qué, entonces, la crítica ha silenciado la obra del maestro y ha exaltado la de su esposa? En principio, fue un movimiento legítimo de las mujeres, que reivindicaron lo suyo, incluido el pundonor y la valentía con que Frida defendió sus convicciones políticas; pero que le echó sombra a Rivera, le echó, y que hoy parezca una conspiración, lo parece, aunque exculpemos a Frida y a las mujeres de esta temible omisión.
¿Quién es responsable del olvido que cae sobre Rivera? En principio, los propios críticos y pintores mexicanos, que desdeñaron los desplantes de los grandes muralistas contra la pintura de caballete.
Quizás en reacción, por ejemplo, José Luis Cuevas hizo jornadas de “arte efímero”: papelotes gigantes exhibidos en la fachada de un edificio en tanto la lluvia no los borrara para siempre. ¡Qué contraste con el afán de Siqueiros de usar pintura de automóvil cocida al horno para que sus murales fueran eternos!
Frida y Diego no se pueden comparar; pero ¿por qué exaltar a ella y olvidarse del otro? ¿No hay en ello una conspiración? Dicho sea con el máximo respeto, bien peinadito y con los zapatos lustrados, para que no me acusen de niño malcriado como a mi buen amigo Xavier Jordán, que inspira sin duda estas líneas.
El autor es Cronista de Cochabamba
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