Ed. Impresa DES-TACADA
Nuestro elasticódigo
Por Mónica Oblitas - Los Tiempos - 9/02/2012
Sopocachi se ha convertido en la referencia de lo que es un barrio inseguro en La Paz. Todos los días se escucha de asaltos y robos, cada vez más violentos y criminales.
La realidad es que toda La Paz se ha convertido en un nido de delincuentes (como sucede en casi todas las ciudades del país), que son muy pocos los lugares seguros y que la seguridad tiene un costo muy elevado que no todos pueden pagar.
Pero Sopocachi llama particularmente la atención porque es uno de los barrios donde más actividad cultural y de farándula existe, además de ser una zona residencial por excelencia. Es decir, mayor evidencia de que la inseguridad es un serio problema en La Paz no hay, si los atracadores andan sueltos por el barrio que se supone es el bohemio de la ciudad, donde hay una gran afluencia de turistas y parroquianos además de los vecinos, ¿qué se puede esperar entonces en el resto de las zonas? La respuesta es obvia. Miedo.
¿Pero quién tiene la culpa? Inmediatamente el dedo apunta a la Policía, y en seguida llegan los adjetivos: corrupta, ineficiente, inexistente… es cierto, lo es, pero también hay otros motivos para que estemos asustados como estamos, y son motivos de fondo y de forma que deben solucionarse imprescindiblemente si se quiere que la Policía boliviana pueda ser efectiva.
Personalmente en menos de dos meses el mismo ladrón me quiso abrir la cartera tres veces, (el centro de La Paz es una ollita, así que hasta los ladrones terminan convirtiéndose en caseros), la primera vez terminamos en la Sucre, donde el policía de turno al recibir mi denuncia le dijo sonriente al ladrón: “te has vuelto a hacer pescar”. Aunque hice un escándalo por lo que me pareció la muestra más evidente de corruptela, dado el grado de acercamiento entre policía y ladrón con sonrisa incluida, el uniformado me dijo algo que me hizo reflexionar luego de que se me pasó la pataleta: “¿Qué quiere pues? Si a las ocho horas hay que soltarlo. ¡Claro que lo conozco!”.
Y es que obviamente, después de verse durante tanto tiempo y tantas veces, el caco y el paco se hicieron conocidos. No era culpa del paco, y en realidad el caco sólo aprovechaba la elasticidad del Código Penal boliviano, como hacen otros miles de delincuentes. No olvidemos a los más de 3.000 choferes de taxi con antecedentes penales que andan sueltos en La Paz.
El problema no sólo es la Policía boliviana, mal incentivada y peor pagada; una institución donde los mandos altos son los que disfrutan la buena paga, mientras que los de abajo se juegan la vida. Pero siendo objetivos, ¿de qué sirve todo el gasto físico, etc., que puede hacer un policía (que gana 800 bolivianos) contra un ladrón, si a las ocho horas se lo va a encontrar en la misma calle? ¿Cómo es posible que por grafitear una pared le den a uno la misma condena que al ladrón que golpeó y asaltó, por ejemplo?
El Código Penal boliviano, heredado de René Blattman, es una burla para los delincuentes, que comienzan como simples carteristas y que van involucionando a criminales mayores. Y el resultado de tener un Código Penal tan débil es que Bolivia, antes un país seguro para el turismo y donde los ciudadanos vivían tranquilos, es hoy uno de los países más inseguros de Latinoamérica, con un presupuesto para seguridad ciudadana muy bajo comparado con otros gastos del Estado y con un Código Penal que protege a los delincuentes y desampara a las víctimas. Aunque uno reduzca al ladrón con sus propias manos y lo arrastre del cuello hasta la cárcel, a las pocas horas lo tendrá en la misma calle. Está claro que si no se soluciona el problema de raíz, todo el resto no es más que un parche, y estamos tan rotos que eso no arregla nada.
La autora es periodista
monioblitas@yahoo.com
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