Ed. Impresa PUNTOS DE VISTA
El principio del fin
Por Jorge Jové - Columnista - 11/02/2012
El exmandatario comprendió que el 22 por ciento de los votos obtenidos en las elecciones de 2001 no le garantizaba la legitimidad, que se le escurría entre los dedos, y se puso manos a la obra para cubrir, en caso necesario, su retirada
ACorría febrero de 2002 y Gonzalo Sánchez de Lozada era el inquilino del Palacio Quemado.
No se sabía aún, pero sería el principio del fin de los tiempos de la democracia pactada. La época en la que los acuerdos, basados sobre cuotas de poder y dinero, se sobreponían a las divergencias ideológicas.
Fue una época en que la diferencia de un militante del MNR con uno de la ADN, el MIR, NFR o UCS era exactamente igual a la que normalmente separa a un stronguista de un bolivarista: sólo el color de la camiseta. El fin de las ideologías, proclamado por Fukuyama.
Los pactos permitían una tranquila gestión al Mandatario. Los largos debates sobre los proyectos de ley se acababan cuando aparecía el hombre del maletín negro y un talegazo valía por todos los argumentos.
Eran comunes los comentarios de los periodistas en los pasillos del Palacio Legislativo sobre la compra de votos.
Eran tiempos, también, en que el déficit fiscal crecía y para cubrirlo, el inefable Goni no tuvo mejor idea que proponer la aplicación de un impuesto a sueldos y salarios. O sea, los trabajadores deberían cubrir las pérdidas.
La cuestión hizo crisis la primera semana de febrero, hace ya nueve años, y el jueves 12, poco antes del mediodía, estalló el caos.
Los efectivos del Grupo Especial de Seguridad (GES) se amotinaron contra la iniciativa. Los bajísimos sueldos de los uniformados sufrirían un nuevo recorte.
Desde las esferas del poder se reaccionó con soberbia y los militares desplegados en custodia de Palacio dispararon a mansalva.
Un baño de sangre permitió a Gonzalo Sánchez de Lozada recuperar el control de la situación por poco tiempo más: ocho meses y cuatro días.
El exmandatario comprendió que el 22 por ciento de los votos obtenidos en las elecciones de 2001 no le garantizaba la legitimidad, que se le escurría entre los dedos, y se puso manos a la obra para cubrir, en caso necesario, su retirada.
Con el apoyo de los talegazos logró que se modificara la Ley de Juicio de Responsabilidad y designó a los jueces que probablemente habrían de juzgarlo por sus siguientes acciones en el ejercicio del poder.
Ocho años después, cuando el MAS seleccionó a su antojo a los candidatos a magistrados, los militantes del MNR, el partido de Goni, se desgarraron las vestiduras y lanzaron al aire todo tipo de improperios. Quisieron dejar en el olvido lo que ellos mismos hicieron, sin rubor en el rostro, en mayo de 2003.
Razón tenía Sánchez de Lozada para cubrir su retirada. El rechazo masivo a su gestión alcanzó a todas las capas sociales.
Terminó así la etapa de la democracia pactada, que no puede ser considerada neoliberal, pues seis años después de que Evo Morales asumiera el mando del Estado, se mantienen varios lineamientos del Decreto Supremo 21060, que dio lugar al modelo neoliberal en Bolivia y da la impresión de que al MAS le conviene mantenerlos.
El autor es periodista
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