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La Habana para un infante difunto

Por Ruddy Orellana V. - Columnista - 11/02/2012


Hay una gran frase del fallecido escritor cubano Eliseo Alberto que me seduce por su contenido nostálgico; “Los hombres de las islas siempre somos náufragos, siempre estamos mirando el horizonte”.

Yo diría que vivir sitiado en la sombra de la soledad es similar a la visión dual que poseen los que habitan en las islas. En ellas, los dos grandes sucesos de la vida cotidiana es que alguien se va o alguien regresa, el que se va es porque quiere saber qué carajo hay detrás de la línea del horizonte y el que regresa es porque trae cuentos de lo que vio.

Desde hace algunas semanas, he estado releyendo las obras del escritor Guillermo Cabrera Infante, me propuse hacerlo, no sólo porque, en estos tiempos de nauseabundos discursos politiqueros y de torpes aleteos de mariposas nocturnas con olor a muerte, uno empieza a sufrir calambres cerebrales acompañados con reiteradas huidas al baño, producto de diarreas que no hacen otra cosa que consumir la poca energía que nos queda, entonces se hace necesario equilibrar el modo de vida circense en estos parajes fangosos, con pasajes inciertos y peajes inverosímiles que tiene uno que pagar, so pretexto de estar en una nueva era, que en realidad no era nueva, con una actitud productiva y gozosa para evitar que el  fuego interno de la esperanza y el contento del presente no se apaguen por ningún motivo.

Sino también porque el próximo 21 de febrero se recordarán los siete años sin Guillermo Cabrera Infante, sin su lengua exquisita y bífida, sin ese don que tienen los gibaros para masticar los avatares de la vida y sin ese su cine o sardina que, a pesar de tenerlo dispuesto en un gran libraco de 480 páginas, siempre era un gran festín verlo en entrevistas haciendo gala de su humor fino, casi siempre y, ácido, siempre. 

Comencé con “Todo está hecho con espejos”, un libro que reúne 18 cuentos escritos entre 1952 y 1992, con un fuerte contenido autobiográfico.

En este libro, cuyo título toma prestado de los magos de salón que desaparecen dentro de una caja de espejos, Cabrera Infante reconoce que el recorrido que tuvo que hacer desde que abandonó la Habana y la vida que le tocó asumir en el exilio fue desgarradora en el primero, y gratificante en el segundo.

 En “La Habana para un infante difunto”, existe una prolongación de la tendencia experimental de esa nueva narrativa latinoamericana que se había iniciado con escritores de talla mayor.

En este libro, los cuadros casi turísticos hacen que el proceso de formación, de vivencias y de experiencias del niño de Gibara desemboquen, como una impredecible situación, en el sentimiento más fértil y menos razonable, el amor y su relación indirecta con el sexo.

La literatura cubana en el exilio tiene esa mirada perdida que habita en el cuerpo huérfano del horizonte. Presencia, ausencia y recurrencia, un trío que empuja a sujetarse al futuro como un motivo más para asumir la nostalgia y adornar la realidad, hacerla más clemente, menos melancólica.

 Revisando mi desordenada videoteca, encontré algunas entrevistas a Cabrera Infante. La que más disfruto una y otra vez, es la que sostuvo con Joaquín Soler Serrano en su extraordinario programa “A fondo” transmitido por Televisión Española a partir de 1976. “Jamás me sentí partícipe del “boom”, asegura Infante con una mirada infame y contundente.

GCI hace alusión a esa época donde no eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran, donde, a fuerza de la transpiración más que la inspiración, una buena camada de intelectuales trabajaba incesante, no para publicar, sino para aniquilar demonios. Más tarde, Julio Cortázar le daría otro rostro al “boom”: “Mientras nosotros nos rompíamos el alma por crear, las editoriales se encargaban de comprar cajas fuertes; en resumen, si bien el “boom” representó una trascendental época creativa, también es cierto que fue parte de la invención de las editoriales”.

Tres tristes tigres para una Cuba de un Infante difunto. A Guillermo Cabrera Infante la melancolía y los acontecimientos fuertes le vinieron a muy temprana edad. La literatura, (comenzó a escribir a los 18 años) el arresto de sus padres por fuerzas castristras. Su relación precoz con el amor, la desazón y el desengaño de la revolución le hicieron ver la vida menos luminosa, todo lo contrario al cuerpo esencialmente nocturno y vívido en Tres tristes tigres. Una aproximación a la vida con cierto desparpajo, eso que en Cuba se llama “choteo”, burlarse de la realidad, aceptarla con una risa, a veces con una carcajada.

“Yo creo que la revolución se traicionó así misma y que Castro fue el Robespierre y el Napoleón de la revolución y que su afán de poder lo llevó a adoptar el comunismo”.

GCI representa el lado oscuro del pasado que atormenta cuando éste decide joder a la memoria, entonces nace la necesidad de estacionarse en un tiempo y espacio determinados de los que a veces es difícil salir.

Amo la libertad que tengo en Londres, decía. Sí, esa que refleja en sus obras como una constante inclaudicable, como una sombra que jamás debería abandonarnos. Memoria y recuerdo son amantes tormentos, se atraen y se repugnan. La primera, nos fue dada para anestesiar el pasado que a veces se hace presente en la ausencia de esperanza. El segundo, para no morir en los abismos del olvido.

Cuerpo divino el de Cabrera Infante. Sus obras reflejan la batalla interminable por defender la libertad a pensar distinto. También, esa prestancia para aquilatar la presencia fantasmagórica de la coerción y la ausencia más dolorosa de la felicidad. Recurrencias y ocurrencias de la memoria.

En estos tiempos de hastío, en donde los inventores de revoluciones y procesos de cambio se prenden medallitas en sus pechos tísicos para luego besarse las mejillas enrojecidas por la mentira, la impostada impostura y la demagogia. Redescubrir a Cabrera Infante es una huída placentera hacia la reivindicación de la palabra y la libertad.

Dos y dos serán siempre cuatro y el día que alguien quiera hacernos creer que son cinco, es hora de correr.
 
El autor es periodista

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