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“Enigma de fulgor y escalofrío”

Por Carlos D. Mesa Gisbert - Periodista Invitado - 12/02/2012


Si uno quiere encontrarse, si quiere entender el drama de la historia, si quiere descubrir los caminos de su propia estela, debe detenerse alguna vez en Cerruto. “Ardua torre, testigo tormentoso de los días que se abren…”

“Enigma de fulgor y escalofrío” escribió Óscar Cerruto en 1973 en su libro más profundo e inclemente, para que no cupiera duda de que supo encontrar la raíz esencial, las fibras más humanas y las más desamparadas de los Andes, del valle agresivo, de la gran ciudad cóncava en la transparencia de la luz que se interna en el día, convexa en el cielo de luces convertido en espejo de la noche.

En el borde de la cordillera está el abismo de la ciudad de Cerruto, la que nos cobija y nos castiga, la que ha tatuado con su inconmensurable desorden, con su derroche ilimitado de vida, con la muerte traidora debajo de las piedras de comanche, todas y cada una de las vidas de quienes aquí nacimos y aquí queremos terminar.

No es un viaje por el color de la piel ni una reflexión en torno a la identidad, no es siquiera un intento de retratar un espacio. No. Es un desentrañamiento de las cuestiones esenciales, aquellas que nos descubren y revelan.

En “El Resplandeciente”, su poema más bello y más terrible, el poeta mira la montaña y encuentra que en su inmensidad está el secreto de la soledad y la trascendencia.

“Más que el cóndor en lo alto detenido”.

Dios hierático que nos contempla sin descanso. Refulge en la distancia. Crece o decrece según el lugar del observador, según su estado de alma, según esté en lo más recóndito del valle-hoyada o en el inmenso y transparente altiplano.

“Pira mineral, tumulto congelado, casa de los hálitos astrales”.

Dios, gigante, silencio desde el tiempo, desde la memoria desvaída, desde la confusión, desde la trama violenta de sus calles. Así es como nos juzga la deidad que acompaña a la ciudad de las alturas.

“El hervidero de la vehemencia” “desteje y teje la oscuridad y la agonía” continúa el escritor.

El Illimani de Cerruto es el centro y el extremo, es el que mira y es mirado, es el signo y el referente, es la afirmación y la nostalgia, pero es sobre todo la gran lanza clavada en el pecho de la urbe. Dios que no nos habla, Dios en cuyas faldas transitamos sus hijos despojados de esperanza y de piedad.

Brilla siempre, aún oculto por el gris negro de las nubes en la tormenta y el granizo, brilla en la tarde cuando los colores cambian y todo parece apuntar a su centro. Brilla en las nieves que se encogen, brilla como el aliento congelado de un Apu distante.
Cerruto escribió este inmenso poema cuando ya había bebido la hiel. No era el joven director de la revista “Bandera Roja” de los años 20 del siglo pasado; no era aquel flamígero escritor que alegó contra la guerra en su novela Aluvión de Fuego y arriesgó con ella su imagen junto a esos pocos que, consecuentes con sus ideas, afirmaron que el conflicto bélico del Chaco era una locura. Quien escribía Estrella Segregada el poemario que se abre con “El Resplandeciente”, era el atildado funcionario del ministerio de Relaciones Exteriores en el primer Gobierno de Banzer, vestido impecablemente, de aspecto tímido, que parecía querer caminar de puntillas para que nadie lo notase. Algo definitivo debió pasar en su vida para que el Cerruto de la épica revolucionaria deviniera -sin estridencias- en el Cerruto servidor público. Pero no importa demasiado a la hora de sentir en la punta de los dedos, en la columna vertebral, cada uno de sus versos que nos golpean impiadosos en su fascinante belleza.

Poeta grande donde los haya. “Que resuene enceguecida la garganta del rencor”.

Sus ojos han sido tocados por la melancolía del ocaso, parecen solamente constatar un destino: que “se desate la comedia carcomida por el tiempo”.

Nadie en la poesía llegó tan al fondo del espíritu andino como Cerruto, más allá de la ciudad, más allá del paisaje, más allá de las descripciones mejor adornadas, más allá de la retórica. Hay en su obra un tono y una cadencia siempre cargada de contenidos. Transitan sus palabras por la belleza deslumbrante y por la interpelación brutal. En Cerruto no hay concesiones, el texto es exacto, no sobra, no falta. Es una medida de decir lo que se debe decir.

Si uno quiere encontrarse, si quiere entender el drama de la historia, si quiere descubrir los caminos de su propia estela, debe detenerse alguna vez en Cerruto.

“Ardua torre, testigo tormentoso de los días que se abren…”

El autor fue Presidente de la República
http://carlosdmesa.com/

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