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La guerra del bledo

Por Agustín Echalar Ascarrunz - Periodista Invitado - 5/03/2012


La semana pasada dos comunidades indígenas del altiplano boliviano se han enfrentado a puños, palos, pedradas y dinamita, y la batalla ha dejado más de una veintena de heridos. El conflicto entre Coroma y Quillacas se da en una de las partes más agrestes del paisaje nacional, una parte del altiplano que por la poca precipitación pluvial que recibe cada año puede ser considerada casi como un desierto.

El año pasado, por estas épocas, tuve una bella experiencia de convivencia —a veces un inconveniente, nos depara una buena sorpresa. Estaba a la vera del camino, a pocos kilómetros de Uyuni, mi coche estaba en pana, y yo requería ir a la “ciudad”. Paró una camioneta blanca relativamente nueva, iba toda una familia en ella, padre, madre, tres hijos y un sobrino adolescente, los niños eran muy vivaces, y charlamos de todo. Curiosamente también de la caperucita roja y de Blanca Nieves. Los niños estaban bien vestidos, con cómodos buzos de algodón, la madre llevaba una pollera relativamente corta, una blusa blanca con bordados, y un sombrero que imitaba a la paja , pero estaba hecho de plástico, el padre con bluejeans, y con gorra de baseball, conformaban un elenco perfecto de la Familia Ingalls en versión andina. Charlamos amenamente de todo y de nada, y de política y del tiempo, y también de sus actividades y su procedencia, me dijeron que eran de Coroma, y que se dedicaban al cultivo de quinua, que tenían 20 hectáreas cultivadas, y que alquilaban un tractor para trabajar la tierra.

Quedé fascinado, ellos eran muy amables, y muy agradables, y eran tan distintos de la imagen lacerante que a veces vemos por zonas parecidas a la vera del camino, de niños mendigando a veces por necesidad, y a veces por aburrimiento, que decidí hacer una pequeña crónica en relación a mis nuevos amigos. La camioneta que tenían, valía unos 15 dólares, ellos eran dignos representantes de la modernidad, una verdadera clase media campesina. Yo ya sabía que aún unos años antes, se podía ganar unos 1.000 dólares por hectárea de quinua cultivada. Hice números, y me alegré por la bonanza de Rodrigo y Jimena (así se llamaban los niños), y sus papás. Conté mi experiencia esa noche en el pueblo, y unos lugareños escépticos me metieron la espina de la duda. “Puede ser quinua, pero puede ser droga”, dijo uno, y me arruinó la noche y la crónica. No quería ser injusto con quienes me habían socorrido, pero tampoco quería pasarme de ingenuo.

Hoy he estado pensando en esos amigos de Coroma. ¿Habrán participado de la pelea, habrán recibido una pedrada? ¿La habrán dado? Una pelea de esas características es un acto de salvajismo, es una forma arcaica de tratar de solucionar los problemas.

Curioso que se esté dando eventualmente porque la modernidad, y con ella el bienestar, hizo su entrada en esas tierras olvidadas de Dios, curioso que la moda de comer sano y exótico, y las políticas del “fair trade”, hayan ayudado a subir el precio de la quinua, y que esto haya contribuido a un enfrentamiento fratricida bastante primario, aparte de una degradación de las tierras que no es tema pequeño.

Garcilaso de la Vega Inca, al describir la quinua, escribió que era un cereal parecido al “bledo” español, los significados cambian con el tiempo, por el bledo andino, se puede hasta matar.
 
El autor es operador de turismo


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