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El verdugo del espray

Por Francesco Zaratti - Periodista Invitado - 18/03/2012


El 10 de marzo ha fallecido en California, a la edad de 84 años, el químico norteamericano F. Sherwood Rowland, ganador del Premio Nobel de Química en 1995.

Hay algunos hechos que, más allá del Premio Nobel, hacen remarcable la vida de ese científico.

Hijo de profesores universitarios, tuvo una educación acelerada que le permitió ingresar a la universidad a los 16 años, donde se destacó no sólo por ser un brillante estudiante, sino también por sus destrezas deportivas. De hecho, con el tiempo, llegó a jugar en ligas semiprofesionales de béisbol y básquet. Eso se debió, en parte, a la casi absoluta ausencia de varones en las universidades  norteamericanas debido a la guerra, de la cual Rowland se libró por ser menor de edad.

En 1945 “Sherry” terminó  su doctorado en la Universidad de Chicago, bajo la guía de Bill Libby, Premio Nobel 1960 por inventar la técnica de datación radioactiva con Carbono-14. Durante sus años en Chicago, Rowland se especializó en química radioactiva, pero, al mudarse a la Universidad de California en Irvine, empezó a interactuar con la meteorología y la química atmosférica.

Él mismo cuenta que la “iluminación” para su futura y principal investigación, le vino durante una conferencia dictada por el meteorólogo británico Jim Lovelock acerca de los CFC’s, unos compuestos artificiales muy usados, desde los años 30, en la industria de los espray (aerosoles), la refrigeración y las espumas. Los CFC’s se caracterizan por su estabilidad en la baja atmósfera durante muchos años; pero, mientras el meteorólogo explotaba esa propiedad para  seguir la traza de masas de aire, el químico radiactivo se preguntaba qué destino iban a tener finalmente esos gases cuando alcanzaran grandes alturas y la intensa radiación ultravioleta rompiera sus enlaces químicos.

Pocos años después, junto a su colaborador Mario Molina, descubrió que efectivamente esos compuestos liberaban cloro en la estratosfera, donde, bajo ciertas condiciones, esa molécula podía destruir moléculas de ozono a una tasa vertiginosa (una molécula de cloro puede llegar a destruir 100 mil moléculas de ozono).

Corría el año 1975 y faltaban aún 10 años para el descubrimiento del agujero de ozono en la Antártica, pero se conocía ya que una disminución de la capa de ozono implicaba un incremento de la radiación ultravioleta y de casos de cáncer de la piel. Rowland y Molina intuyeron el alcance no sólo científico sino  ambiental y social de su descubrimiento y, con coraje y contundencia, empezaron una campaña en contra del uso de los espray y demás productos que emitían CFC’s. Durante más de 10 años tuvieron que soportar no sólo la oposición científica de muchos colegas, no siempre en buena fe, sino la denigración de la gran industria química que veía sus negocios venirse abajo y de periodistas a sueldo. Hasta se los acusó de ser agentes soviéticos que buscaban destruir la industria norteamericana.

A pesar de todo, la gente reaccionó, boicoteó los espray y obligó a los políticos de entonces, inclusive a los poco  propensos hacia la causa ambiental, como R. Reagan y M. Thatcher, a adoptar medidas drásticas para preservar la capa de ozono. Se impuso el “desarrollo sostenible”.

Sherry Rowland dejó su huella también en Bolivia: fue tutor del Dr. Hernán Vera Ruiz, químico boliviano de trayectoria internacional, y originó la fundación del Laboratorio de Física de la Atmósfera (LFA) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), un centro de excelencia que intenta unir lo científico con lo social, en la senda de ese insigne maestro.
 
El autor es físico y Director del LFA-UMSA


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